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La cultura y la Derecha

lunes 24 de agosto de 2009, 19:23h
La cultura siempre juega en campo contrario con la derecha y, en general, con el mundo conservador, concepto éste más amplio y adecuado para designar posiciones no forzosamente ancladas en el reaccionarismo y la mera resistencia al cambio, eje de la historia. La afirmación expuesta quizá no sea válida en muchos países de gobiernos y sociedades impregnados, transitoria o permanentemente, con tal credo. Pero incuestionablemente España no encuentra entre ellos. Item más: probablemente sea la nación europea en la que el fenómeno indicado se muestra con mayor patencia. Sus raíces y causas son de larga y laboriosa elucidación, y, por ende, inaprehensibles en las febles redes de estas líneas volanderas. Un pasado dictatorial dilatado y cercano y una Iglesia católica tentacular y omnipresente a lo largo de los siglos distan, empero, de explicar el hecho, conforme quiere la Vulgata progresista al uso. También Italia o Portugal han atravesado en su ayer reciente un panorama semejante, y en su coetánea experiencia cultural los nombres y obras de inspiración o sensibilidad conservadoras descubren perfiles de ordinario más elevados que en España, desenvolviéndose con naturalidad y vigor por los horizontes de la modernidad.

Manifiestamente las razones históricas ocupan un lugar descollante en la génesis de la impotencia y debilidad de la cultura conservadora de nuestro país; pero –repitámóslo- no son las únicas y acaso tampoco las esenciales a la hora de su estudio acribioso. El catolicismo hispano careció, en su desenvolvimiento durante las dos últimas centurias, de mirada percutiente y confianza en sus fuerzas para desentrañar las claves de la civilización contemporánea y establecer un fecundo diálogo con sus fecundas –múltiples- iniciativas y directrices. En todo momento actuó a la defensiva, sin que ni siquiera sus logros más indiscutibles hallaran el instrumento adecuado para su difusión y concienciación del lado de la opinión pública. Así acaeció, por ejemplo, con la hazaña conseguida en terreno del sindicalismo confesional agrario y de servicios, fácilmente ninguneada o ignorada por el ominoso silencio o la desmaña informativa de las minorías y órganos rectores de la religión tradicional. No de otro modo vino a suceder en el terreno de la solidaridad con hombres y mujeres –sobre todo, éstas…- literalmente desvividos en incontables casos para reflejar en la humanidad doliente el espejo de sus convicciones transcendentes, sin que su noticia o conocimiento rebasase por lo común el marco de revistas de bien probada ranciedad y limitada audiencia.

Como es obvio, tal inoperancia mediática en nada contribuyó a la presencia social y cultural del catolicismo contemporáneo español en los escenarios intelectualmente más influyentes. Pero, conforme ya se acotó, con una religión tradicional de corte semejante en otros pueblos de la cristiandad latina y mediterránea la cultura de sesgo conservador descubriría una vitalidad superior. A la vista de ello, se impone deducir que otros factores y elementos tienen, pues, que concurrir en la sólida y convincente interpretación del importante fenómeno.

Al lado de las causas apuntadas en el artículo precedente como peraltadas, pero en modo alguno exclusivas ni acaso tampoco esenciales, en la reluctancia de la derecha española frente a la cultura concurren otras quizá más determinantes en la coyuntura hodierna de dicho retraimiento o divorcio inconfesado. En la cosmovisión del conservadurismo hispano la conquista del poder político prima sobre cualquier otro factor de proyección o ascendiente en la sociedad, sin que a la vez la obtención de dicho dominio se contemple primordial o fundamentalmente a través de las vías ideológicas y culturales, secundarias en su estrategia global. Como se observa, nos hallamos aquí en los antípodas del planteamiento de las fuerzas de la izquierda -¿guarda el término su vigencia en el delicuescente panorama de hogaño?-, en cuya concepción del logro y mantenimiento del poder el pensamiento y las corrientes filosóficas juegan un papel insustituible, llevándole ello a una cierta idea de patrimonialización de la cultura, conforme a diario proclaman a los cuatro vientos buen número de sus corifeos. Colateral y curiosamente, tal posición representa otro elemento más en la sedicente superioridad cultural de los partidos y movimientos de izquierda respecto de sus adversarios al “legitimar” y acentuar el complejo de inferioridad que en la materia ha distinguido al conservadurismo en la España del siglo XX, perdedor en todas las batallas de las ideas y, muy singularmente, de la propaganda.

Al propio tiempo, tal vez la aceptación inconsciente o concientemente de la citada actitud acomplejada ha comportado que la derecha reforzase su cultura del poder. Una vez usufructuado, se puede implementar desde él todos los diseños culturales que se deseen, sin temor alguno a cortapisas o valladares. La experiencia histórica revela, sin embargo, que la realidad se alejó mucho de esta formulación. Con la excepción de los años inaugurales del denominado “primer franquismo”, ninguna etapa autoritaria o conservadora de la vida española durante el novecientos generó una política cultural con cierta capacidad de arraigo en estratos considerables del cuerpo social. El férreo dirigismo que diese vado al relativo éxito de una cultura sincrética en la que la repristinización tradicionalista se maridaría con un falangismo en buena parte de cuño orteguiano, estuvo ausente, empero, en la primera dictadura del novecientos hispano, con ópimos frutos por fortuna para las letras y las artes cultivadas en el jardín liberal y progresista.

Muy recientemente, el paso por el poder del Partido Popular refragó lo que acaso cabría estimar como una constante del ideario conservador hispano, al menos en sus últimas travesías. Salvo unos comienzos en verdad muy prometedores con la llegada al Ministerio de Educación y Cultura de una antigua funcionaria de su plantilla profesional, perteneciente a una de las raras grandes familias españolas permeables al espíritu ilustrado, Esperanza Aguirre Gil de Biedma, proyectos y planes de alto borde y sugestivo talante se embarrancaron con su sustitución por un gobernante de buena formación intelectual, pero apático y desmañado en una responsabilidad asumida íntimamente con desgana y ánimo transitivo. En la segunda etapa populista, de nuevo con una mujer a cargo de la cartera acabada de referenciar, el rumbo hacia el abismo de la esterilidad e inoperancia no se enmendó, desembocando, finalmente, en él.
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