El verdadero peligro de Facebook
miércoles 26 de agosto de 2009, 18:57h
Que no eres nadie si todavía no has creado un perfil en Facebook, resulta que ya es algo más que una simple frase hecha. Aunque eso sólo tampoco vale, lo verdaderamente cool es que el número de amigos que aparecen en tu página no sea inferior a 50, y me quedo corta, además de poseer un cuidado álbum con fotografías de tus viajes exóticos y, por supuesto, otras que prueben que practicas con elegancia deportes de riesgo y que estás a la última en lo que a las fiestas más in de las noches españolas se refiere. Los detractores de la red social, creada por el jovencísimo Mark Zuckerberg en Harvard, afirman que la misma es peligrosa porque supone aparecer en un escaparate mundial que nada sabe de discreción y anonimato. Que, al final, cualquiera puede entrar en tu perfil y averiguar sin esfuerzo a qué te dedicas, con quién hablas o dónde te vas de vacaciones, entre otras cosas, aunque lo cierto es que eso depende de los datos que tú quieras incluir en la página.
Lo que está claro es que las llamadas redes sociales, ya sea Facebook, Twiter o Myspace, han conseguido revolucionar la forma en que nos relacionamos, especialmente, entre la gente más joven, cuya pertenencia a un grupo, o a lo que antes llamábamos una pandilla, pasa ineludiblemente por la red. Y resulta que ahora, en plena época del materialismo globalizado, nos estamos volviendo más sociables que nunca, porque lo que caracteriza a Facebook es su servicio para localizar amigos a los que hace mucho que perdimos la pista. Así es que cada vez es menos raro recibir una invitación para agregarnos a su grupo, de un simple conocido, con quien, en realidad, nunca habíamos cruzado más de dos palabras en el patio del colegio o en el bar de la facultad. Y es que en Facebook, los fantasmas del pasado están al acecho para recordarte que un día, hace muchos años, te limpiabas las comisuras de la boca, manchadas por el cuerno de chocolate del desayuno, en las mangas del babi de cuadritos vichy. Y eso, no me digan que, a veces, no es cruel. Miras la foto que corresponde al nombre y apellidos del que iba detrás de ti en la lista de tu clase y tienes que convencerte de que los rizos salvajes de aquel chaval que te hacía gracia, se han convertido en un triste cabello gris cortado al uno para disimular las entradas.
Un verdadero horror que acaba con todas las esperanzas de poder montarte tú una película nostálgica durante alguna larga noche de insomnio, lluvia y soledad. Se acabó el misterio de preguntarse eso de qué habrá sido de fulano o de mengano. Estamos llegando a tal punto, que, hace unos meses, una amiga puso a prueba su sentido común y, lo que es peor, su feliz matrimonio de muchos años, cuando apareció en su vida de internauta uno de esos amores no resueltos y, mucho menos, consumados, a quien no había vuelto a ver, ni seguramente a recordar, en treinta años. Después de algunos mensajes llenos de sorpresa, alegría y nostalgia, decidieron quedar para algo tan indudablemente poco sospechoso como tomarse un café, sin darse cuenta de que no hay nada más traicionero que volver a un pasado en el que no se llegaron a enterrar los sentimientos. Él ya no es un niño, pero la hace reír igual que cuando lo era. Ella tampoco es ya aquella niña, pero se ruboriza lo mismo que cuando él la tiraba de la trenza. No sé lo que pasará, ellos tampoco, pero no me digan que no parece un juego peligroso.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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