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¿Hacia el fin de modelos sociales perversos en el País Vasco?

viernes 28 de agosto de 2009, 02:54h
La etarra Maite Aranalde, detenida en Francia y extraditada el martes pasado, para ser enjuiciada por delito de posesión de explosivos como miembro de un grupo de apoyo de la banda terrorista ETA, fue puesta en libertad con una fianza de 12.000 euros. La puesta en libertad de Aranalde por el juez de la Audiencia Nacional Eloy Velasco obedece a que no se cuenta por el momento con otros documentos que la relacionan con otras causas por las cuales podía haber sido puesta en prisión provisional. Las autoridades francesas no han podido encontrar la documentación incluida en la Orden de Detención Europea solicitada por la Audiencia Nacional, por lo cual no ha podido ser procesada por su participación en la colocación de artefactos explosivos en 2004.

La liberación de Aranalde quería ser celebrada en Ibarra, Guipúzcoa a manera de homenaje por grupos de apoyo a ETA, al parecer organizado por la ilegalizada Askatasuna. Sin embargo, el juez Ismael Moreno, a solicitud de la Fiscalía, prohibió el homenaje por considerar que se trata de un acto de enaltecimiento del terrorismo. La organización terrorista ETA suele rendir homenaje a sus militantes cuando son excarcelados. Este tipo de manifestaciones no tiene que ver con la libertad constitucional de reunión y manifestación, sino con alabar actos delictivos, los cuales no deben ser permitidos.

Los homenajes organizados por ETA y grupos de apoyo en el País Vasco a terroristas, como si éstos fueran grandes figuras a imitar, modelos para la sociedad, son una vergüenza y una afrenta al resto de la sociedad y a las victimas del terrorismo. No deben permitirse por ningún motivo este tipo de manifestaciones y actos y la ley debe aplicarse con rigor a aquellos que los organizan y ensalzan el terrorismo y los comportamientos criminales. Uno de los problemas menos señalados pero, a la larga, más graves en estos años de plomo y violencia en el País Vasco ha sido que una parte de la sociedad y de las instituciones vascas –la Iglesia incluida- no ha acertado a proyectar una condena contundente ante el crimen organizado, un síntoma patológico que ha ido contaminando a la sociedad vasca y creando un clima de valores morales invertidos. Debemos felicitarnos porque esta situación comience a cambiar y actos de representación criminal, en lugar de ser celebrados sean proscritos y condenados.
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