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Crónicas venecianas: Apocalipsis en la Dogana

José María Herrera
sábado 29 de agosto de 2009, 17:24h
Una de las primeras cosas que el viajero ve cuando llega a Venecia por mar es la Punta della Dogana, un edificio triangular de cinco mil metros cuadrados construido en el siglo XV en el extremo más estrecho del barrio de Dorsoduro, a la entrada del Gran Canal, entre San Marcos y la Giudecca. Excepto el conjunto escultórico de Bernardo Falcone que remata la torre, dos atlantes arrodillados que sostienen sobre sus espaldas una esfera dorada sobre la que flota una veleta que representa a la Fortuna, el inmueble no posee a primera vista nada especial. El lugar es maravilloso, y también lo es la piedra de Istria de las paredes exteriores o sus monumentales puertas, veinte en total, aunque todo esto no basta para sobresalir en Venecia, especialmente si al lado se alza la iglesia barroca de la Salute, la gran obra de Longhena.

Alarmado por el estado del inmueble, el ayuntamiento de Venecia convocó hace tres años un concurso para crear en sus instalaciones un centro de arte contemporáneo. Dos fundaciones pugnaron por conseguirlo: la fundación Guggenheim, propietaria del vecino palacio Venier dei Leoni, y la fundación Pinault, dueña del también cercano palacio Grassi, ambos consagrados a labores museísticas. El proyecto fue adjudicado a la segunda, que encargó inmediatamente la restauración a Tadao Ando, arquitecto nipón de fama mundial, hoy conocido sobre todo por su Umi no mori, isla artificial concebida para contener medio millón de árboles que empezó a ser construida en la bahía de Tokio en 2007.

El resultado de la restauración de la Punta della Dogana ha satisfecho a todo el mundo. La combinación de elementos antiguos y nuevos resulta tan discreta y elegante que sólo por conocer el monumental edificio vale la pena pagar la entrada. Esto puede hacerse desde el mes de Junio, fecha en que se inauguró el recinto con la exposición titulada Mapping the Studio: Artist from the François Pinault, parte de la cual se exhibe en el Palacio Grassi, como les conté hace dos semanas.

La muestra recoge obras de autores consagrados y de otros menos conocidos: Sigmar Polke, Jeff Koons, Richar Prince, Cy Twombly, Takashi Murakami, Rob Pruitt, Kai Althoff, etc. Aunque los organizadores ensalzan la incansable vitalidad y el espíritu de búsqueda tanto del coleccionista como de los coleccionados, lo cierto es que, después de la visita, uno abandona el lugar bastante frío. Cuando se piensa que es igual de necio venerar una obra porque es antigua que venerarla porque es nueva, este tipo de chascos confirman algo bien sabido: que la falta de calidad es un vicio común a los anticuarios y a las galerías más vanguardistas. La vanguardia, repudiando la experiencia común de la que dependen los significados figurativos y los lenguajes convencionales, ha terminado conduciéndonos a lo alto de la Torre de Babel. Quizás no el señor Pinault, pero el resto de los mortales suele verse invadido en estos lugares por una especie de vértigo, algo anterior a la admiración de los filósofos o a la perplejidad de los místicos, una sensación azorante de la que se sale fácilmente a condición de no pensar.

Cuenta Marco Polo, el aventurero veneciano, que en la provincia de Terrocaín, en Persia, existe una enorme llanura desértica en medio de la cual se alza un árbol capaz de profetizar el destino de los hombres. Sus servidores desaparecieron hace tiempo y no queda nadie capaz de interpretar sus presagios. Un viajero actual sólo ve un árbol seco. Difícilmente creería que por su intercesión el gran Alejandro supo que moriría joven en Babilonia. Pero lo hizo. Los intérpretes del árbol oracular se llevaron su secreto y ahora no hay forma de descubrirlo. Lo mismo nos ocurre a la mayoría cuando visitamos una exposición de arte contemporáneo. Leonardo retrató a una mujer con un armiño en los brazos porque armiño en griego se dice “galé” y ella se llamaba Cecilia Gallerani, la amante de Ludovico el Moro, cuyo emblema personal era también el armiño, pero: ¿y estas obras actuales?, ¿esconden también un secreto o son las ramas de un árbol muerto, un simple producto retórico, motivado sólo porque los artistas actuales crean pensando en museos y salas de exposiciones donde un público aturdido corre de un lado a otro sin saber que busca?

Menos mal que también aquí están los hermanos Chapman para recordarnos que el arte puede ser al mismo tiempo original y significativo. Su obra, nueve recipientes de cristal dentro de los cuales miles de muñecos escenifican los horrores de la guerra, surge ante el espectador como una pavorosa sorpresa. Fucking Hill, jodida colina, es el título. Los Chapman han creado un híbrido de juguete y horror. Miles de figuritas comparecen en cada una de las escenas representando todas las actitudes posibles del adocenamiento y la crueldad gratuita, la atrocidad y la más absoluta barbarie. Cada gesto, cada acción, está inspirada en el espanto de la catástrofe desencadenada por Hitler, a quien vemos en una colina bajo la cual yacen miles de cadáveres pintando un cuadro que representa una casa, un cielo y un sol infantiles. Los amantes del arte encontrarán en este imponente despliegue de paciencia –ya he dicho que hay miles de figuritas- innumerables versiones de antiguos suplicios bíblicos y mitológicos, escenas atroces que recuerdan las fantasías apocalípticas de Buffalmacco, Grünewald, el Bosco o Goya, una enciclopedia del horror realizada con los mismos soldaditos de plomo (aunque estos estén hechos de fibra de vidrio) que antes decoraban los cuartos de los niños. Lástima no tener bastantes palabras para contarlo.
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