El Señor de Sipán
sábado 29 de agosto de 2009, 17:29h
Los restos arqueológicos de El Señor de Sipán se encuentran en la amable ciudad de Lambayeque, situada en la región del mismo nombre en la costa norte de Perú y a escasos diez kilómetros de su capital, la populosa Chiclayo. No hace mucho visité la zona con motivo de la inauguración de la Cátedra Marañón en la Universidad Católica Santo Toribio de Mogrovejo. Su Rector, Hugo Calienes, está llevando a cabo una labor verdaderamente encomiable pues, en sus apenas diez años de vida, la USAT cuenta con una más que estimable proyección académica internacional. Junto al Rector y al simpático y erudito historiador local Martín Cabrejos, profesor de esta Universidad, tuve ocasión de visitar el Museo Tumbas Reales de Sipán. La historia del yacimiento es bien conocida. Encontrado en 1987, en él los arqueólogos han situado el principal vestigio de la cultura moche, datada entre los siglos I y IV de nuestra era y muy anterior a la cultura Inca. El hallazgo ha sido calificado como uno de los diez más importantes del siglo XX, a la altura del hipogeo de Tutankamon o los Guerreros de Xiam. El arqueólogo jefe de la excavación Walter Alva es ya una referencia internacional y su impulso y puesta en marcha del Museo es verdaderamente ejemplar.
Con un hilo narrativo en el que no es necesario ser un erudito en culturas prehispánicas para comprender la trascendencia y riqueza de lo que uno está viendo, al penetrar en la monumental pirámide sede del Museo -inspirada en los antiguos santuarios mochicas-, se comienza una fascinante visita en el tiempo. En cada una de las tres plantas del edificio, uno va comprendiendo no sólo la idiosincrasia de la cultura moche en función de sus espacios funerarios, sino también el proceso de recuperación de los ornamentos y atuendos que forman parte del enterramiento y su funcionalidad y significado en la sociedad mochica. Tras una exposición sencilla de nociones fundamentales de esta cultura -organización social, agricultura y desarrollo metalúrgico, dioses y concepto de la muerte-, el Museo muestra la Cámara Funeraria del Señor de Sipán (siglo III d.C.), cuya tumba está reproducida tal cual fue encontrada por los arqueólogos. Junto a ésta, que ocupa el espacio central, se van exponiendo enterramientos de menor rango entre los que destaca el del “Viejo Señor de Sipán”, el gobernante más antiguo del mausoleo -si bien estos días el yacimiento vuelve a ser noticia porque los arqueólogos han encontrado una nueva tumba que promete “destronarle”. La fastuosidad de las joyas, ornamentos y materiales -que dan a cada cual su lugar en el enterramiento-, no dejan de sorprender por lo sofisticado de su elaboración para la época. Los sonajeros, orejeras, protectores y, desde luego, el cetro de oro, despiertan la admiración de todo el que tiene ocasión de visitar este lugar realmente imprescindible, emocionante y único.
Mi visita a Sipán culminó con un almuerzo al que me invitaron mis anfitriones, una Pachamanca. Esta comida elaborada como lo hacían los Incas se prepara enterrada en el suelo. En un agujero, se introducen piedras calientes y, sobre ellas, carne (venado, pollo, res y chancho o cerdo), maíz, boniato y patatas. Posteriormente se cubre, primero con hojas de platanera y, después, con tierra. Tras una hora de cocción pude degustar un delicioso plato que, junto a una amistosa tertulia, puso el colofón aquel día inolvidable que debo a mis ya amigos el Rector Calienes y el profesor Cabrejos.
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Profesor de la UCM
Antonio López Vega es profesor de Historia Contemporánea de la UCM.
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