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La cultura y la Derecha (y 2)

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 31 de agosto de 2009, 20:21h
El naufragio señalado como conclusión general –sujeta, por descontado, a no pocos matices y excepciones de las que con gusto se haría mención, incluso, de manera particular, si el espacio lo permitiese- de la gestión ministerial del PP en materia de cultura se vio acompañado igualmente por la llevada a cabo en los Ayuntamientos, Diputaciones Provinciales –muy escasas- y Consejerías autonómicas a su cargo. Como cabía esperar, entre las salvedades que la anterior aseveración exige para identificarse con la realidad, figura, en plano descollante, laXunta de Galicia durante el quindecenio en que fuere presidida por alguien de probada competencia en el tema, de currículo y antenas invariablemente sensibles ante el hecho cultural, valorado en la suma importancia por él comportada para la vida y el gobierno de las sociedades a medio y largo plazo.

Pese a su relativa singularidad, el ejemplo antecitado conduce a fortiori a abordar siquiera al desgaire otro de los aspectos –quizá, más bien enigmas- de la trascendente cuestión que nos ocupa. ¿Es la carencia de banquillo –digámoslo en argot deportivo hoy tan popularizado como elocuente índice de la relevancia que esta materia también cultural tiene en los países de todo el mundo- la causa primera de la infirmidad de la derecha hispana en el orden de la creación, cultivo y gestión de los bienes artísticos y de lo relacionado con ellos? Rotundamente, no. En muy pocos capítulos de nuestra historia su cifra se mostró menor que la de los alineados en las posiciones de sus adversarios. Conforme hodierno lo evidencian los nacionalismos vasco y catalán, cuando existen sensibilidad, planificación e inteligencia organizadora en las cumbres del poder la ideología conservadora se descubre –incluso en España- perfectamente apta para fomentar el espíritu creador en cualquier esfera de la cultura y atender con eficacia a la preservación de su patrimonio. Hasta la obsesión por el poder y las finanzas se revela entonces, como en el caso acabado de citar, en todo compatibles con la pulsión cultural, su estímulo y solicitud. A nivel individual así lo refrendó el mecenazgo del más sobresaliente acaso de los conservadores españoles de la centuria precedente. En una nación cuyos grandes patronos culturales se incardinaron por lo común en las corrientes progresistas –Urgoiti, los Urquijo, Diego Hidalgo…-, Cambó fue sin duda el de mayor visión. La fundación por él establecida se mostraría, en efecto, la más rentable y completa en términos culturales de las surgidas en la España del siglo XX.

Como tantas veces sucedió en ella, no es la carencia de recursos sino la insuficiencia de su regulación y la indigencia de su política estratégica, el prosaico secreto del bajo perfil y escaseces del conservadurismo hispano en su dimensión cultural. Ascua entre sus manos e imantado, con frecuencia, de modo ciego y obsidional por la posesión de los centros de decisión del poder, nunca ha acertado a movilizar sistemática y positivamente las muchas bazas a su disposición.

Entre las no pocas rectificaciones que ha de acometer para nuevas travesías gubernamentales, la que deberá realizar en el vasto campo de la cultura tendrá que figurar en el centro del cuadro. Los micrófonos incendiarios, las plumas tornasoladas, los púlpitos deturpados no han de ser, no pueden ser, por razones de todo tipo, como ocurre en el momento presente, su sucedáneo y alternativa.
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