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Putin y la II Guerra Mundial

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 07 de septiembre de 2009, 17:05h
Aunque la Historia en general y la de la II Guerra Mundial en particular admitan siempre muchos matices, pocos son los que a estas alturas de los tiempos, setenta años después del comienzo de la terrible confrontación bélica, duden de lo evidente: fue la Alemania nazi la que desencadenó el conflicto. Si de encontrar responsabilidades en el horror consiguiente se trata, no hay que ir mucho más lejos para hallarlas, y eso es lo que ha hecho la canciller federal alemana, Angela Merkel, al reconocer la culpa del gobierno germano dirigido por Hitler. Desde ese punto de vista la RFA ha dado siempre un alto ejemplo de conciencia moral e histórica al hacerse cargo, en una sucesión sin beneficio de inventario, de las calamidades perpretadas por el país durante los tiempos del nazismo. Lo hizo ya cuando Alemania estaba dividida y la RDA, el satélite comunista creado a la medida de las necesidades soviéticas, quería ignorar que muchos de sus habitantes y cuadros dirigentes participaban de la misma sombra. Y ahora Berlin, como antes Bonn, sigue practicando la misma dolorosa y encomiable política.

Pero la historia del conflicto recuerda que el 17 de agosto de 1939 los ministros de Asuntos Exteriores de Alemania y de la URSS, Joachim von Ribentropp y Viacheslav Molotov, firmaban en Moscú un pacto de no agresión que, en sus cláusulas secretas, abría el camino a la partición de Polonia y en la practica era el salvoconducto que Hitler necesitaba para ocupar el vecino oriental. Cosa que efectivamente hizo pocos dias después, el 1 de septiembre de 1939, cuando cazabombarderos alemanes atacaron Varsovia y tropas alemanas cañonearon un depósito militar polaco situado en la península de Westerplatte, frente al puerto de Danzig. El 17 del mismo mes de septiembre tropas soviéticas comenzaban la invasión del territorio repartido, ocupando la ciudad fronteriza de Bylastok y cruzando la línea Curzon que desde el tratado de Versalles habia marcado la divisoria occidental entre los dos paises. De manera que, aun siendo innegable la responsabilidad alemana, Stalin la facilitó con un acuerdo cuyo carácter cínico y criminal quedará en la memoria como ejemplo de perfidia.

El primer ministro ruso, Vladimir Putin, no tiene empacho en reconocer la continuidad existente entre lo que fue la Unión Soviética y es ahora Rusia. Está publicada su contundente convicción de que la desaparición de la URSS fue una de las mayores tragedias geoestratégicas de los tiempos modernos. Como es tambien conocida su reticencia a recordar las catástrofes políticas, económicas y humanitarias que el país conoció bajo la inspiración de Josef Stalin. En esa sucesión negacionista Putin no ha tenido más remedio que dar un pequeño paso al calificar de “inmoral” el pacto Ribentropp-Molotov, bien que añadiendo en la inmediata continuación que los paises europeos democráticos –Francia e Inglaterra- que en Munich, en 1938, reconocieron a Hitler un derecho de anexión sobre los sudetes checoeslovacos son reos del mismo crimen de lesa humanidad en la que incurrieron los dos dictadores. Munich, sinónimo del entreguismo derrotista y apaciguador, ciertamente no pasará a la historia como uno de los más brillantes momentos de la humanidad. Pero comparar su trasfondo- el de una postrera debilidad acompañada de un pacifismo tan iluso como peligroso- con el diseño milimétricamente calculado para ampliar espacios territoriales por la violencia a costa de un inocente tercero equivale a un intento de manipulación histórica que debe ser vigorosamente resistido y denunciado. Chamberlain y Daladier tienen un perfil patético. Hitler y Stalin –tal para cual, mal que le pese a Putin- tienen garantizada su permanente presencia entre los monstruos.

La conmemoración del setenta aniversario del comienzo de la II Guerra Mundial ha reunido en Westerplatte a polacos, alemanes y rusos, y otros, en una ceremonia de evocación tan complicada como positiva. La presencia de Putin en ella es digna de encomio. Mas lo será cuando abandone sus tentaciones neo soviéticas y se decida a practicar lo que otros conocen desde hace tiempo: mirar a la realidad de frente y llamar a las cosas por su nombre. Katyn, por ejemplo, es algo muy parecido a un genocidio.

El Gran Hotel de Sopot, la ciudad balneario vecina a Gdansk, ha recobrado la brillantez de antaño y reserva una suite, hoy conocida con el nombre Charles de Gaulle y ayer con un simple número, el 226, a sus visitantes ilustres. Allí pernoctó Putin hace pocos días. Allí lo hizo Hitler cuando vino a contemplar, hace setenta, años el ataque contra Westerplatte. Una desgraciada coincidencia. Seguramente.

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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