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Deporte nacional num.1: discusión vehemente

Laila Escartín Hamarinen
miércoles 09 de septiembre de 2009, 21:36h
Los españoles se enorgullecen de ser apasionados y vehementes: ellos llevan sangre densa en las venas, no yogur ni leche agria. Uno de los deportes favoritos nacionales es discutir a grito pelado, esforzarse en demostrar que el otro –el que piensa distinto – es un imbécil que está totalmente equivocado, y en convencer al imbécil de que yo estoy en lo cierto y que lo mejor que puede hacer para dejar de ser un idiota es cambiar de opinión y hacerse de los míos. A la mayoría de los aficionados, este deporte nacional les proporciona placer, y no me extrañaría que además les hiciera sentirse poderosos. No olvidemos que la Discusión Vehemente es un deporte de lucha y gana el más fuerte. No gana el más inteligente o el mejor dialogante, sino el que tiene la voz más potente y la sangre más caliente.

Me pregunto si alguno de los aficionados a este deporte tan sonoro se ha cuestionado alguna vez la cantidad y la calidad del respeto que siente y muestra hacia su contrincante, y en general hacia las opiniones diversas y hacia la libertad de pensamiento del individuo. Yo creo que no se lo ha cuestionado, y también creo que estos gritones vehementes no respetan al prójimo y no valoran la libertad de pensamiento. Pero además de faltarles respeto, les falta autoestima, porque detrás de esos impulsos tan violentos que los empujan a gritar como irracionales (y a hacer el ridículo), y de ese deseo ferviente de demostrar al otro que está equivocado, no puede haber más que una enorme inseguridad: si tú opinión que difiere de la mía me incita a gritar, significa que me siento amenazado por ella, si no fuera así, mis sentimientos no hervirían al ver que tú piensas distinto que yo; tu pensamiento distinto pone en tela de juicio el mío.

El pensamiento –y la solidez del mismo – de una persona inteligente, madura y racional no depende de los pensamientos de los demás, sino de la propia inteligencia y del propio proceso cognitivo y deductivo. La persona inteligente y madura conversa y dialoga para enriquecerse y para dar una oportunidad al propio pensamiento de evolucionar. La persona inteligente (emocional e intelectualmente) habla de la manera más coherente y clara posible, y escucha con atención y sentido crítico, para recibir una visión diferente con la que contrastar las propias ideas, y para remover sus pensamientos y ponerlos en movimiento para así evolucionar. Tesis, antítesis y síntesis.

Gritar es de monos, no de seres humanos evolucionados, y no se puede construir una democracia funcional y exitosa sobre una base tan falta de respeto y racionalidad.
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