Anatomía de un gobernante
viernes 11 de septiembre de 2009, 20:43h
Los dos grandes éxitos editoriales de este verano han sido, con todo el subjetivismo que este parecer comporta, el ensayo de Javier Cercas sobre el 23 de febrero y la novela de un aún más joven autor, Paolo Giordano, que lleva por título “La soledad de los números primos”. Ambas son reflexiones sobre las ausencias, sobre los abandonos e incluso las puñaladas traperas, si bien es bien distinta la soledad del político de la del resto de los seres humanos. La descripción de cada una de ellas es ejemplar en cada obra.
Pero en esta columna hablamos de política y de los que la ejercen y el dibujo disperso que del político hace Javier Cercas en su “Anatomía de un instante” merece ser hilvanado. Escribe:
“El era un político puro y, como tal, un actor consumado, pero su problema era que fingía con tanta convicción que acababa sintiendo lo que fingía, lo que le llevaba a confundir la realidad con su representación” (pág. 136).
Más adelante añade: “Cultivaba una visión personalista de la política, épica y estética a la vez, como si la política fuese una aventura solitaria punteada de decisiones intrépidas; tan correoso que casi siempre se sintió invulnerable a las inclemencias de su oficio; poseía una ambición sin complejos, una ilimitada confianza en sí mismo, una cambiante falta de escrúpulos y un talento reconocido para el juego de manos político” (pág. 185).
Sigue en otro lugar: “Político puro, profesional de la política, del poder, porque no concebía la política sin poder, como si la política fuera al poder lo que la gravedad a la tierra; burócrata que había prosperado en la jerarquía de su organización política… Su única especialidad era “la política en general”, que suele traducirse en hablar de todo un poco sin profundizar en nada, y la maquinaria del partido, en la que, desde luego, nadie podrá disputarle la competencia. No era capaz de encontrar tiempo para el estudio, absorbido siempre por reuniones de partido, entrevistas, conciliábulos, actos de representación y demás actividades de análogo tipo” (pág. 186).
Concluye: “Para un político, la ambición no es una cualidad –una virtud o un defecto- sino una simple premisa… Fue una ambición en carne viva y nunca se avergonzó de serlo, porque nunca aceptó que hubiere nada censurable en desear el poder; al contrario, pensaba que sin poder no había política y que sin política no había para él la menor posibilidad de plenitud vital. Fue un político puro porque nunca pensó que iba a ser otra cosa, porque era un asceta del poder dispuesto a sacrificarlo todo por conseguirlo y porque hubiese pactado sin dudarlo con el diablo a fin de llegar a ser lo que llegó a ser. El poder político se convirtió en su instrumento de medro personal, pero sólo porque antes de había sido una pasión exenta, voraz, y si tenía una visión idealizada hasta el mito de la dignidad de un presidente del gobierno era porque un presidente del Gobierno constituía para él la máxima expresión del poder y porque durante toda su vida no había deseado otra cosa que ser presidente del gobierno” (págs.. 339-340).
Escribió Oscar Wilde que el pecado es la única nota viva de color que subsiste en el mundo moderno, y al político no parece que le importe ser evaluado con las incruentas palabras de Javier Cercas. Desde luego su anatomía del gobernante nos recuerda a alguien a quien los españoles tenemos ahora muy cercano.
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Catedrático y Abogado
ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial
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