Mi Polonia
jueves 17 de septiembre de 2009, 19:52h
Se acaba de conmemorar el 70 aniversario del comienzo de la II Guerra Mundial y la evocación, triste y desgarrada, ha recuperado la memoria de tantos horrores, tantos crímenes y tanta aberración. Es imposible pensar cómo es posible provocar semejante crimen contra la Humanidad. La sola observación del rostro de Hitler nos da la respuesta.
Pero el recuerdo triste de la invasión de los panzers alemanes en Polonia, me ha devuelto toda una íntima y personal memoria de ese gran país, al que llegué en marzo de 1974 con una beca, en plena apertura del Régimen de Franco al Este. Tenía 26 años, y mi estancia allí determinó en buena medida mi criterio político futuro y mi visión histórica de los acontecimientos posteriores del siglo XX y mi personal compromiso con la posterior Transición española que viví con intensidad.
En seguida hice amigos que no tardaron en desvelarme los grandes secretos y contradicciones de su reciente historia: la mayoría de ellos me reconocieron ser judíos, experiencia para mi nueva. Y descubrí hasta que punto ser católico era la mejor y más efectiva manera de combatir una dictadura, en contra de lo que probablemente pensarían todos los comunistas del mundo opuestos a dictaduras de derechas. La simple comprobación de que llenar una iglesia, de asistir a reuniones al calor de la palabra de un sacerdote o de un obispo hacía tanto daño al comunismo, me sedujo. Intelectuales de Varsovia, escritores y músicos de Cracovia, trabajadores de los astilleros de Gdansk o de las minas de Katowice, eran el sólido y silencioso armazón de una resistencia sustentada en la fe, en la historia, en el pasado liberal perdido. Viví contactos clandestinos en mi visita a Stettin y Gadnsk, que me revelaron lo que en verdad estaba fraguándose y como los que en el futuro serían dirigentes de Solidaridad me visitaban en mi hotel a hurtadillas de la temida Milicia (La Policía política) o me abordaban en mis visitas a las empresas que producían barcos en el Báltico o compraban naranjas y maquinaria española. ¡Fascinante!
Por supuesto me sedujo inmediatamente la exquisita cultura polaca, musical y cinematográfica y qué era también esa vía la resistencia frente a la dictadura comunista. Me narraron lo que fue la resistencia y el ghetto de Varsovia, de la preciosa reconstrucción de su Ciudad Vieja de la que se sentían tan orgullosos, de la matanza de la fosa de Kattin donde miles de oficiales polacos fueron asesinados por los rusos a comienzos de la guerra mundial, en pleno acuerdo Stalín- Hitler -¡qué vergüenza y que traición histórica!- y de la que no había oído hablar en mi vida.
Cuando llevaba ya algunos meses allí, decidimos viajar a Cracovia para paladear una de las ciudades más prestigiosas de la cultura occidental en compañía de un grupo de amigos que habían venido de España Uno de ellos, por cierto, Bernabé Sarabia, colaborador actual de El Imparcial y con cuya amistad me sigo enriqueciendo.
Juntos cruzamos las puertas del Campo de Auschwitz bajo el macabro lema de “Arbeit macht frei” y la gran paradoja: a la entrada del Campo, en una pequeña sala de cine se proyectaba un documental sobre la “liberación “del campo por los rusos en los días finales de la guerra. Llevaba ya meses viviendo en Varsovia y en Polonia como para escuchar y leer la impostada propaganda comunista del documental que presentaba la llegada de los soldados rusos, la aparición de las fosas con miles de cadáveres y el descubrimiento del horror nazi como una “liberación”. La contemplación de aquella sordidez e ignominia superó mi aguante y al poco de haber recorrido los pabellones con aquellos amasijos de devastación y de ejemplo de indignidad humana, me di la vuelta y esperé a que mis amigos concluyeran el resto del itinerario. Vi las mismas gafas, pelos y peines que han visto millones de seres humanos como último homenaje a una generación de humanos arrasada, pero no fui capaz de soportar aquella farsa aunque tuviera el tremendo efecto ejemplarizante, con el que tanto me solidarizaba íntimamente.
Habían pasado treinta años del fin de la guerra y escuchar que Polonia y Auschwitz habían sido “liberados” por las tropas rusas era excesivo. Todo el mundo me había contado en nuestras casi clandestinas tertulias en bares y pequeños restaurantes de la ciudad vieja de Varsovia, de Wroclaw o de Gdansk el sufrimiento del pueblo polaco durante la guerra y el horror postrero de que cuando ellos creían que iban a ser liberados por unas tropas rusas - “aliadas” de las americanas e inglesas- éstas esperaron al otro lado del río Vístula sin intervenir para que los nazis en su retirada acabaran quemando la ciudad y con toda la última resistencia polaca.
Gratos recuerdos personales acompañaron mi estancia en aquel país, al que no olvido y al que tuve el privilegio de volver a visitar en 1989 y de entrevistar a Lech Walesa –y que contaré en un próximo artículo – ya en plena efervescencia de la caída del régimen comunista por mor de la acción sólida, resistente, y convencida de un hombre clave del siglo XX, el Papa Juan Pablo II y del apoyo que le ofrecieron los dirigentes occidentales más importantes. ¡Ahí les duele aún a quienes no aceptan que en nombre de la libertad y de una fe se liberen muros de acero y de la vergüenza!
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Licenciado en Ciencias Económicas y escritor
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