La auctoritas docente
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 18 de septiembre de 2009, 22:01h
La actualidad salvaje de estos tiempos duros obliga a investir a quienes siempre han tenido la mayor “auctoritas”, al transmitir las grandes conquistas espirituales de la humanidad y el humanismo en sí, con una ramplona autoridad administrativa ( la llamada “autoridad pública” ), que en el fondo es una potestas, a fin de que dicho salvajismo actual no les pegue, no les escupa o sean objeto del más abyecto ludibrio a través de youtube.com u otras poderosas páginas del surf internáutico. Pero si hay algo que no puede tener el maestro por la propia naturaleza transcendental de sus funciones intangibles es potestas. Se rebajaría torpemente la labor más humana que se conoce, la ENSEÑANZA, y acabaría degradándose en una especie de servicio militar obligatorio.
La potestas indica fundamentalmente la facultad de expresar en cada momento la voluntad del Estado, que crea para sus súbditos derechos y obligaciones. Pero la auctoritas, relacionada con la palabra “augur”, designa el hecho de poseer la sapiente eficacia necesaria para comenzar felizmente una empresa, una iniciativa creadora de nuevos universos. Y como el augur patricio, la auctoritas magistri se fundamenta en un concepto sacerdotal, en un ámbito sagrado espiritual del que es habitante el maestro. Es así que la fe en la ciencia y la esperanza en la sabiduría salvadora cimientan y configuran esa “auctoritas magistri”, que hoy se la seculariza, se la mundaniza ante la barbarie magistricida convirtiéndola en autoridad pública.
¿Pero con ello no se degrada el ámbito “religioso” de la enseñanza vistiendo al que la transmite con el uniforme de autoridad pública? ¿No se romperá el proceso “mágico” de enseñanza-aprendizaje si el discípulo ve en su maestro no un sacerdote de la ciencia y las conquistas morales y espirituales de la Humanidad, sino una pura autoridad administrativa? Más aún, ¿son compatibles la autoridad del magisterio y la autoridad gubernativa? Mejor ser un mártir de la brutalidad salvaje de la modernidad que tener los privilegios de los guardias con permiso para usar la porra.
Los mismos que hoy alzan a los profesores sobre el pavés de la autoridad pública - por cierto, ¿puede encontrarse entre los valores educativos la justificación del pensamiento administrativo que establece que el ataque contra una autoridad pública sea mayor delito que el ataque contra un ciudadano corriente y moliente? - son los mismos que ayer daban de comer carne humana a los cachorros de león del circo. Del Orbilius plagosus, el amargado maestro del gran Horacio, que hacía memorizar a éste los versos de Ennio con su motivadora férula, hemos pasado al discipulus plagosus, que atenta civilizadamente salvaje y cruel contra la autoridad más venerable que nos quedaba, la de maestros y profesores.
Seamos resueltos mártires de la fe en la educación, que es la fe indesmayable en el hombre. Frente a la barbarie que invade algunos centros la solución no está en escudos administrativos que liquiden el milenario prestigio de la definición de docente, sino en aulas de convivencia, escuelas para padres, reglamentos orgánicos de los Centros con medidas contundentes, mayores facultades para actuar contra la indisciplina tanto para los equipos directivos como para el profesorado en su conjunto, reforzamiento de la educación en valores tanto en casa como en la escuela, menos televisión basura, menos ordenador y más libros de papel, más austeridad y más naturaleza, más deporte no competitivo, mayor obediencia a los padres con una Ley del Menor realista a favor siempre de un buen futuro para ese menor, aumento del prestigio social de los profesores, mayores inversiones públicas en la cultura del libro, el Museo y las artes con las que desarrollar el sentido del gusto, el bien y la belleza. Enaltecimiento de la cultura y no de la riqueza. Que el niño deje de ser cliente de las grandes empresas cibernéticas que disuelven su espléndido instinto a jugar y a crear. Valores nuevos, en fin. Participación de todos en lo que supone la base de toda sociedad. Y respeto máximo a quien es el eje y matriz de esa base, el maestro.
Al fin y a la postre nunca te pegarán los niños, sino la terrible educación que les dieron sus mayores.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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