América y la ley de los centenarios
Artemio Benavides
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artemiobenavideshotmailcom/16/16/24
martes 22 de septiembre de 2009, 20:38h
En la mayoría de las naciones hispanoamericanas, 2010 será un año de celebraciones de independencia de la “Madre Patria”. Desde luego, hay excepciones como Haití, que debutó con anticipación y, con anticipación, se sumió en las dictaduras y en la miseria subsiguiente: la mejor visión nos la proporcionan las novelas de Alejo Carpentier, donde lo “real maravilloso” se torna maléfico.
Habrá, claro, intentos de celebración aquí y allá; aunque la mayoría de esas naciones se encuentran en condiciones económicas, sociales y políticas, de pronóstico reservado.
Pero la alternativa, para el historiador, no tiene vuelta –como nos dice el colega Mauricio Tenorio- , pues la lógica de la historia y de la memoria nos impone una obligación moral, a saber: que no podemos claudicar a la creencia de que la historia es cívica, formativa, aunque no sepamos cómo lograrlo. Asimismo, que debemos reconocer nuestra tradición y, por tanto, contar “historias”.
Como están las cosas –de México a Buenos Aires- no podemos darnos el lujo de celebrar a la manera de Estados Unidos o Francia, no hace mucho: 1976 y 1989, esto es, en esa centuria breve y calenturienta que fue el siglo anterior.
Por ejemplo, y particularizando, México está lleno de dudas respecto a la independencia iniciada en 1810 y concluida en 1821, donde los que la consumaron lo hicieron para evitar las ofertas libertarias de la constitución de Cádiz. Amén de que el grito de libertad de Miguel Hidalgo se ahogó de inmediato en el fracaso militar.
Respecto a la “revolución” iniciada en 1910: ¿revolución, o revoluciones? Pues Madero enfatizó la, digamos, “transición democrática”, mientras Emiliano Zapata “revolucionó” para conservar su estructura agraria amenazada por la “modernización” del viejo régimen de Porfirio Díaz. Y de Carranza y Villa no nos ponemos de acuerdo todavía. Únicamente los unió una moneda acuñada en 1985, que todavía conservo.
¿Qué hacer? Dadas las circunstancias, se ha propuesto que cada lugar, cada entidad, se las arregle como pueda. Y que se incluya a Chicago, Los Ángeles, Houston y demás ciudades estadounidenses con millones de mexicanos. Sin mucho gasto, pues, llevar a cabo reflexiones audaces, novedosas: mostrar que somos Norteamérica, en verdad, y también reflexionar con Guatemala. ¡Ah! Y pedirle perdón a la masa indígena que se rehúsa a incorporarse; sin olvidar el mal trato que la “Revolución” del noroeste causó a la población oriental. Y, en ello, Pancho Villa no se quedó atrás.
Ante todo, como dice el colega, reconocer y discutir cómo es posible festejar en el mar de desigualdad social que es México.
-Desde luego, a pesar de los pesares, de nuestras ruinas y monumentos, México ha avanzado hacia atrás y hacia adelante en la búsqueda de Estado de Derecho. Tal vez, hayamos dejado la tentación populista y los hábitos de corazón autoritario que todavía nos amenazan. Quizá hay esperanza en la “guerra viva” contra el narcotráfico, la crisis hacendaria, el repunte de la influenza.
-En efecto “luces y resplandores; por eso, también, ceguera”. De acuerdo, pero ya es preciso esperar contra toda esperanza.
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Historiador
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