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La voluntad de la montaña

Concha D’Olhaberriague
martes 22 de septiembre de 2009, 21:54h
El pasado mes de agosto nos sobrecogió la noticia del montañero Óscar Pérez y su rescate fallido en una repisa del Latok II, uno de los sietemiles de la cordillera del Himalaya, donde quedó solo y malherido en medio de una ventisca.

Impresionaba oír al jefe de la expedición de rescate, compungido y resignado, diciendo que la montaña no había querido esta vez. Movida por su tono y sus palabras, me puse a indagar y descubrí el libro del artista grabador inglés Edward Whymper, el primero en alcanzar, el 14 de julio de 1864, la cumbre del Cervino, esa imponente pirámide de perfiles acuchillados, tras haberlo intentado antes seis veces. La versión original, ilustrada por el propio alpinista, se titula Scrambles amongst the Alps (1871), pero en español se tradujo por La montaña no quiso. En el Londres victoriano causó gran revuelo su publicación e incluso se murmuró acerca de las circunstancias de la muerte de cuatro miembros del equipo de Whymper al romperse la cuerda en el descenso. Sólo sobrevivieron él y dos guías.

Y es que la relación que se traba entre los alpinistas y la montaña es de máxima intensidad. Desde fuera son inconmensurables el riesgo, el esfuerzo o el disfrute cuando se vence a la roca, poderosa fuerza animada y bella, blanca como Moby Dick o gris moteada y negra de granito y gneis.

Son ya más de cincuenta los escaladores que fueron derrotados en el empeño y pagaron con su vida en lo que va de año y llama la atención la naturalidad con la que hablan de congelaciones, penalidad conocida y hasta familiar.

En la mitología griega las Montañas eran hijas de la Tierra-Gea sin intervención de ningún otro progenitor, y ya en época del panteón clásico los dioses habitan en un monte, el Olimpo. El Sinaí, el Ararat , el Fukuyama, los Himalayas y otros muchos están también ligados a lo sacro. La primera vinculación que el hombre tuvo con las cumbres fue de esa naturaleza y algo de ello queda latente en la ardua y esforzada empresa escaladora y en la épica que da cuenta de ella.

La montaña hace milagros, dice Whymper, cada vez que alguien culmina sano o al menos con vida el viaje de subida y bajada; a veces, tozuda, se resiste a que la coronen, y no sólo con ayuda de los fenómenos atmosféricos.

Hace unos días, un titular de prensa decía que un multimillonario ruso, Abramóvich, no logró encumbrarse al Kilimanjaro y desistió faltándole tan siquiera una jornada. Componían la expedición dos guardaespaldas, más de cien porteadores y seis amigos. Según la revista Forbes, es uno de los hombres más ricos del mundo. No sabía, con todo, que la Montaña no es venal.
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