La Orden de la Vela
miércoles 23 de septiembre de 2009, 16:16h
Quien hace el Camino de Santiago por primera vez queda eternamente fascinado. Peregrinar a la tierra del Apóstol es una de las experiencias más entrañables y enriquecedoras que hay. Bien sea por motivos religiosos, históricos, deportivos o puramente paisajísticos -hay tramos del Camino de una belleza indescriptible-, el viaje merece la pena, y mucho. Hay además un atractivo añadido, reservado para los amantes de la curiosidad. La Ruta Jacobea, declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, atesora un gran número de leyendas, algunas más populares que otras. Especialmente célebres son la del gallo y la gallina que resucitaron de la cazuela donde el corregidor de Santo Domingo de la Calzada se disponía a dar buena cuenta de ellos, o el cáliz de O Cebreiro, que sangró durante una consagración.
Pero hay una mucho menos conocida cuyo origen se remonta a 1178, año en que el rey Fernando de León permite a los caballeros templarios que establezcan una encomienda en el castillo de Ponferrada. No pasaría mucho tiempo sin que las gentes del Camino empezasen a oír hablar de una misteriosa orden, que empezó a conocerse con el sugerente nombre la Orden de la Vela. Luces oscilantes al alba y al caer la noche comienzan a verse por los senderos que llevan a Compostela. Incluso algunos encuentran en ello cierta similitud con una leyenda que se pierde en la noche de los tiempos de la vecina Galicia, aquella que habla de una procesión de ánimas portando un ataúd: la Santa Compaña.
Pocas son las referencias escritas sobre la Orden de la Vela. Fundamentalmente, porque tal orden no existió. Sí hay, en cambio, un cierto poso de verdad en algunas partes de esta historia. La realidad es que cuando los caballeros templarios fueron a en el castillo, encontraron en su interior a una comunidad de cereros. Allí se habían instalado desde hacía algún tiempo, elaboraban toda clase de velas con la cera que previamente recogían. Los templarios llegaron a un acuerdo con ellos: les permitirían quedarse allí siempre y cuando los cereros les proveyesen de cuantas velas pudieran precisar los caballeros del Temple. Así, aquellos peregrinos que llegaban al castillo de Ponferrada en busca de hospitalidad no sólo hallaban un techo y un plato caliente, sino que además se les daba una vela que posteriormente ofrecerían al Apóstol como señal de la luz que había en su Camino gracias a la encomienda del Temple. Incluso cuando los templarios abandonaron la fortaleza, los descendientes de aquellos cereros siguieron practicando la misma caridad cristiana que los monjes guerreros, proveyendo de cama, comida y vela a todo peregrino que así lo solicitase. La Orden de la Vela no existió, es cierto, pero aquel espíritu hospitalario de entonces aún hoy sigue iluminando el Camino.
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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