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Trabajando gratis

José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
viernes 25 de septiembre de 2009, 17:37h
El otro día, saliendo de la estación, un señor me indicó que al final de la escalera mecánica sonaría un ruido y grabarían mi reacción para un anuncio. Le pedí más explicaciones, y a fin de evitarlas me dijo simplemente que aquello era «para el cliente». Le pregunté si los viajeros veríamos reflejados los beneficios de aquella propaganda en el precio de los billetes, y entonces descubrí en la parafernalia montada el logotipo de una empresa de teléfonos móviles. Tomé una salida diferente, porque no sólo no me gusta trabajar gratis, sino que además no me gusta que me engañen.

Existen diversas formas en las que el empresariado nos camela para que colaboremos con el incremento de su productividad sin obtener nada a cambio. En tanto que productores de objetos y servicios, es decir, cuando pertenecemos a una de esas entidades, lo más importante está en propugnar un “espíritu de empresa”. La conflictividad laboral es algo de siglos pasados, ya se sabe que “todos estamos en el mismo barco” (aunque unos están remando y otros al timón) y nuestro trabajo puede convertirse en una segunda familia. Es así como se consigue que un empleado no reclame el pago de las horas extra, o que esté siempre dispuesto a trabajar gracias a los dispositivos portátiles.

Como consumidores, nos hemos acostumbrado a que el capitalismo genere una especie de subesfera cultural, afincándose en ella y haciendo que el mundo del gasto sea algo divertido, original y familiar. Los estrategas de la publicidad se matan para que los productos que pasan por sus oficinas estén dotados de esa extraña aura. Es así como se consigue que tarareemos sin parar la sintonía de un anuncio, que repitamos sus lemas, que nos identifiquemos con una marca. ¡Llegamos a pagar por tener merchandising de cierta marca de refrescos! Cuando nuestras prendas exhiben los iconos que las identifican, estamos retroalimentando este proceso. Y es que hemos llegado a realizar proyecciones sentimentales sobre nuestros idolatrados objetos de consumo. Recuerdo que en el colegio, las zapatillas de deporte eran el equivalente infantil de un automóvil: si pisabas a alguien que estuviese de estreno, estabas muerto. Ahora puedes ver a la gente babeando ante un teléfono móvil o un ordenador portátil, diciendo que “es una monada”.

En la sociedad de la información, esta tendencia es muy fácil de ver. Desde las redes sociales digitales (cuyos entornos son traducidos gratuitamente por los usuarios), en las que se provee de valiosos datos para la generación de perfiles, hasta la valoración voluntaria de productos (que en caso de ser positiva, es todo un beneficio para el fabricante). Externalizar costes es todo un arte.

El capitalismo nos cala hasta los huesos. Nos convierte en su soporte físico y en el albergue psíquico de sus tentáculos. Nos utiliza como herramientas para conquistar cada uno de los rincones, somos robots a su servicio. Y lo más triste de todo es que a veces pensamos que somos nosotros quienes se aprovechan de las empresas y los comerciantes.

José María Zavala

Sociólogo

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