España; nivel tres
sábado 26 de septiembre de 2009, 17:28h
El último día del verano, sentado en una terraza casi vacía, no sé si a causa de la crisis o de la fría brisa otoñal, escuché una conversación no exenta de interés que voy a reproducir hoy ante ustedes. Los protagonistas eran dos señores, uno bastante mayor, de unos setenta años, extranjero, quizá escandinavo, y el otro no demasiado joven, como de cuarenta y tantos, español y, por lo que deduje de sus palabras, abogado.
El primero se quejaba amargamente. Había alquilado un chalet a ciertas personas que no le pagaban y cuando, tras varios meses de ingratas gestiones, logró que dejaran la propiedad, naturalmente sin cobrar las mensualidades fijadas en el contrato, descubrió horrorizado que los inquilinos se habían llevado algunos muebles y habían destrozado el resto. Su interlocutor trataba de restarle importancia a lo ocurrido explicándole con muy buenas palabras que estos eran los riesgos del alquiler, y que podía darse por satisfecho porque con un pequeño desembolso repararía rápidamente el desaguisado y volvería a rentabilizar la finca. Al extranjero no le convencía el argumento levemente fatalista del abogado. La existencia de individuos capaces de comportarse como lo habían hecho sus inquilinos chocaba con su mentalidad y costumbres. Fue entonces cuando apareció en la conversación la frase que figura en el título de este artículo. Con la misma sonrisa en los labios, aunque adoptando un aire más grave, como si llegado a este punto no le quedara otro remedio que pasar a las confidencias, el abogado le dijo algo así:
“Ustedes, los extranjeros, creen que España, tras una década de gran crecimiento económico, se ha puesto al mismo nivel que el resto de Europa, y que las costumbres y actitudes morales de la gente han evolucionado de la misma manera. Pero se equivocan, España es todavía una nación de nivel tres. Si alguien aparca por la noche su coche en una calle de cualquier ciudad española puede tener la seguridad de que al día siguiente lo encontrará intacto en el mismo sitio. En un país nivel uno, pongamos en Somalia, lo más probable es que se lo roben, y en otro de nivel dos, digamos Bolivia, que se lleven las ruedas y el aparato de música. En cambio, cuando aquí se alquila una vivienda, las probabilidades de que el inquilino deje de pagar, o que perjudique la propiedad, crecen de golpe. En países de nivel cuatro o cinco, en Alemania o Suecia, es impensable que tal cosa ocurra. La mayor parte de la gente cree que la propiedad ajena debe ser respetada como si fuera propia, lo cual incluye por descontado los bienes públicos. ¿Acaso piensa usted que es otra la razón por la que aquí todo el mundo aspira a poseer una vivienda y que el alquiler sea, comparado con aquellos países, un negocio casi irrisorio? Cuando un propietario pone en alquiler una casa, lo primero que hace es quitar de en medio todo lo que aprecia, buscar algunos muebles desvencijados y rezar cada noche para que no le destrocen la casa.”
“¿Ha leído usted a Kundera? En alguno de sus libros dice que el régimen ideal es una dictadura en descomposición. Los aparatos del Estado siguen funcionando, pero sin convicción, y esto lo nota la gente, que deja de hacerles caso. España tiene todavía algo de dictadura en descomposición. Los sucesivos gobiernos han tratado de imponer toda clase de reglamentos a fin de racionalizar la vida social, pero con poco éxito porque los ciudadanos no terminan de tomárselos en serio. Prohíben la prostitución y las calles se llenan de prostitutas. Prohíben el consumo de alcohol en las plazas públicas y legiones de borrachos se reúnen en ellas. Al margen de su apariencia y su presupuesto, España sigue siendo un país nivel tres. En realidad no hemos escapado todavía de la picaresca. Hemos progresado mucho, pero en la sustancia los cambios son insignificantes. Nivel tres, ya se lo he dicho.”
No es necesario aclarar que he trascrito lo mejor que he podido la conversación anterior, pero que ello no significa que comparta las opiniones expresadas en ella.