Épica y lírica en el toreo
martes 29 de septiembre de 2009, 16:54h
“José Tomás, épico” –rezaba un titular de hace tiempo. El rostro transido, perdido, enajenado, a manchas rojas; el pelo revuelto, las floraciones grisáceas encrespadas, con pegotes de sangre, la misma que salpica a trozos su vestido…
“Morante, bordó el toreo” –titulaba otro por la misma época. El torero de La Puebla alcanzó en la verónica una sublime expresión poética, de intenso y hondo lirismo. Paró el tiempo.
No hay duda: el toreo es épica en esencia: valor, destreza, soledad y muerte. Épica y tragedia. El buen toreo es lírica en esencia: emoción estética, belleza inaprensible: arte. Pero la conmoción inefable viene de la conjunción de ambas. No hay toreo sin épica. No hay toreo sin lírica. Épica y lírica no se confrontan ni desafían. Ni siquiera se complementan. Son imprescindibles. Ambas y a la vez, como elemento único y esencial del toreo; del buen toreo. El toreo de arte, que siempre es toreo de valor: valiente y valioso. Toreo: arte y valor. Valor del toreo: su arte; el arte de torear: puro valor.
Se dice que el toreo épico niega, paraliza, el espacio. Y que el toreo lírico para el tiempo. De este milagro, que alborota las leyes de la física, tuvimos noticia ya hace años: lo contaba, mejor dicho, lo cantaba el rey Alfonso X el Sabio en sus Cantigas de Santa María, refiriéndose al maravilloso caso de Don Ero –después San Ero–, señor de Armenteira y fundador y abad del monasterio que lleva su nombre en un valle boscoso de la provincia de Pontevedra. Al parecer don Ero, rezando en el huerto, al “marmurio” de una fuente clara, bajo la sombra de un árbol, le pidió a Santa María, tener un anticipo del paraíso. “Entonces, en el árbol bajo cuyas ramas frondosas descansaba el santo Ero comenzó a cantar un pajarillo. Y el canto del pajarillo era de sonido tan agradable y armonioso, que el anciano monje se olvidó del tiempo que pasaba y se quedó allí sentado sobre la blanda hierba, al pie de la fuente que susurraba, escuchando embelesado aquel canto y aquella armonía. Y así pasó sin darse cuenta trescientos años, pareciéndole que no había estado sino muy poco tiempo.” Armonía que anula el espacio, quietud absoluta que paraliza el tiempo. Ese es el milagro del toreo, el milagro épico-lírico de San Ero.
El toreo de José Tomás es épico porque es lírico, porque se queda quieto, no da un paso atrás, es firme en su decisión, para cantar al toro, mecerlo, someterlo, embrujarlo, dormirlo en la tela, despacio, lenta, armoniosamente: líricamente.
Pies juntos, mecido el plano, ganando sitio y tierra, hasta el mismo centro en que durmió una media. Los detalles, cuidados; bien puesto al caballo, en lo alto los palos rojiblancos. Celebrado brindis, estatuarios, desprecios, remates y tandas de derechazos, dando el pecho –quizá el alma– entre el fervor de los desheredados. Cita de lejos, acude el Cuvillo presto ¬y se enrolla encelado en la tela; y allá en los medios, quieto y devoto, le cuaja el natural lento y ligado hasta el desarme. Se dobla por bajo, se ayuda rodilla en tierra hasta adornarse con una gialdina y estoquear, sin pasusas, en lo alto. “Mudo, y absorto, y de rodillas; / como se adora a Dios ante el altar”. Faena de alto vuelo, de no olvidar. Vuelta al ruedo al 2º toro, gloria al torero.
Manos bajas, tela lenta, curva solemne. Tarde de huerto ameno y silencios, de flashes, de barrocos delantales salomónicos, y con el toro al caballo a una mano hasta desbordar el estanque de la emoción. Cómo ha ganado JT de capote, desde sus seis toros de Barcelona hasta la tarde redonda de hoy. Se lo lleva con la muleta al centro firmando entre pases y adornos hasta serenarse en el natural, mandando al toro por donde quiere, barriendo lento, casi hablando, con gozosa intensidad. Cambió de manos en el centro como una fuente, dio el de las flores y largó derechazos, ya enganchados, porque el toro perdía el son. Luego, de frente, a pies juntos, la tela en la izquierda, giraba la cintura con la muleta en calma, indolente y vivo como la naturaleza. Pinchó, manoletineó, y lo fulminó en la cruz. ¡To-re-re, to-re-ro! (José Tomás, Barcelona, 27 de septiembre, dos toros de Núñez del Cuvillo. 4 orejas y Puerta Grande)
El toreo de Morante es lírico porque es épico. No se puede cantar tan hondo, bajar al pozo profundo de las emociones, si en el fondo del pozo no hay un toro. El toreo de salón es estética; el toreo de verdad es épica. Y ética. Y lírica.
Soplidos de verónicas y brisa en lo remates. Naturalidad y canto de trincheras, derechazos prendidos a compás, atropellados y hermosos naturales. Cintura y brazo de campo que rompe en serie quebrada, de delicada, indecible hermosura; que hace saltar música y público y que abrocha con dolidas trincheras, ayudados por bajo, molinetes… Estaba Morante en el campo, tal vez en el mar. No salio a torréale 5º, porque al matar se quebrantó una mano. (Morante de la Puebla, Barcelona, 27 de septiembre, un toro de Núñez del Cuvillo. Oreja)
Porque al fin y al cabo, épica no significa otra cosa que versificar, cantar palabras; y lírica es lo mismo: acompañar versos, palabras, con la lira. Torear: cantar. Épica y lírica: poesía. No sé cómo no había reparado hasta ahora en que el nombre del abad gallego no era otro que la expresión familiar de TOR-ERO.