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reseña

António Lobo Antunes: Mi nombre es legión

jueves 01 de octubre de 2009, 20:17h
António Lobo Antunes: Mi nombre es legión
Traducción de Mario Merlino Tornini. Mondadori. Barcelona, 2009. 384 páginas. 22,90 €
En su nueva novela, la primera escrita después de padecer un cáncer, el escritor portugués António Lobo Antunes se sumerge en un barrio deprimido de Lisboa para retratar, de forma descarnada y sin concesiones, el drama de la marginalidad y de la delincuencia juvenil. El autor despliega un apabullante uso, variando de personajes, de la narración en primera persona, gracias a unos estupendos monólogos interiores que nos adentran en lo más hondo de cada uno de ellos. Prostitutas, delincuentes juveniles, policías descreídos…, todos ellos pasean por las páginas del libro, que los retrata sin caer en maniqueísmos ni excusas moralizantes, mostrando todos los vértices, caras y obsesiones de unos personajes heridos, en lucha constante contra sus miedos y fantasmas. De esta forma, Lobo Antunes pone el foco en las contradicciones e hipocresía de una sociedad que no quiere mirar los residuos que va dejando el tubo de escape de su propio bienestar.

El autor de novelas como Conocimiento del infierno o Manual de inquisidores, levanta la alfombra que esconde las vergonzantes desigualdades sobre las que se sustenta nuestro mundo, a través de las historias de ocho delincuentes, sin caer en tópicos acusadores o “buenistas”. La violencia y el cinismo empapan cada frase de este libro que no hace concesiones a nadie, mucho menos al lector, obligándolo a enfrentarse a la realidad de un mundo en el que no hay lugar para verdades absolutas a las que aferrarse.

El autor portugués nos recuerda que la violencia y crueldad de algunos de los personajes no son sino la cara oscura que todos guardamos en nuestro interior; y que puede salir a la luz, o mantenerse oculta y neutralizada para siempre, en función de nuestras circunstancias vitales. El mal y el bien no dependen tanto de nosotros sino del mundo en el que nos toque vivir.

Por Regina Martínez Idarreta
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