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Polanski y los abajo firmantes: del éxtasis a la nausea

Javier Rupérez
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jruperezelimparciales/9/1/9/21
lunes 05 de octubre de 2009, 17:42h
Roman Polanski es un excelente cineasta. Tiene un sentido innato del ritmo narrativo y aunque su obra esté marcada por la desigualdad ha realizado películas que seguramente quedarán como clásicos en la filmografía contemporánea. ”Rosemary’s baby”, en España proyectada con el poco imaginativo titulo de “La semilla del diablo”, y “Chinatown” pertenecen a esa categoría. Sin olvidar “El cuchillo en el agua”, su primera y gran película larga, rodada todavía en Polonia, al poco de acabar sus estudios en la escuela de cinematografía en Lodz.

Roman Polanski es un hombre de atormentada biografía. Polaco de origen judío, sufrió en sus carnes y en la de sus padres la ignominia de la persecución durante la ocupación alemana de Polonia en el curso de la II Guerra Mundial. Su primera mujer, la actriz Sharon Tate, fue asesinada en Hollywood por los seguidores del sangriento iluminado Charles Manson.

Roman Polanski es tambien un violador de menores. Hace treinta años en Los Angeles abusó sexualmente de una niña de trece años tras haberla emborrachado con alcohol y atontado con barbitúricos. Denunciado y perseguido por la justicia americana confesó su crimen pero, antes de que el juez dictara sentencia, se escapó del país, al que no ha vuelto desde entonces. Residente en Francia, ha venido desarrollando su carrera en Europa, principalmente en Francia, hasta donde se le hizo llegar el Oscar concedido hace pocos años a su película “El pianista”. Su caso criminal no estuvo nunca cerrado, al no existir en el Estado de California prescripción para los delitos de abusos sexuales contra menores, y la actividad de los fiscales se debió ver azuzada cuando hace un año la cadena televisiva HBO proyectó un documental sobre la historia de la violación que resultaba favorable a los deseos del cineasta de ver archivado su caso. La larga y persistente mano de la ley le ha alcanzado hace unos días en Suiza, país que, a diferencia de Francia, tiene convenio de extradición con los Estados Unidos.

Es quizás excusable la extrañeza que pueda producir la paciencia, a veces teñida con una sospecha de venganza, con que los ejecutores de la ley americana han esperado para cumplir con su obligación con una persona de setenta y seis años que, según todos los indicios, ha reconstruido el ruido y la furia de su vida anterior en el refugio de un nuevo matrimonio y de los hijos en él habidos. El alcance de su fama, por otro lado, ha servido de inevitable amplificador a esta reciente vuelta de tuerca y a sus inevitables comentarios, marcados unos por la misericordia compasiva y otros por el recordatorio de que nadie está al abrigo de la ley.

Nada comparable, sin embargo, al asombro con que merece ser acogido el manifiesto a favor de la libertad de Polanski que, firmado por unas buenas decenas de directores y actores, cual si se tratara de una iniciativa de los buenos tiempos universitarios, cuando el texto comenzada con la expresión ritual “los abajo firmantes”, pretende construir un ámbito de excepción para Polanski y, se presume, gente como él. Artistas tan significativos como Woody Allen, Pedro Almodóvar o Martin Scorsese, comienzan por rebajar al mínimo la causa seguida contra el director polaco por tratarse “de un caso de moralidad”, lamentando que un “acontecimiento cultural internacional” sea utilizado “por la policia para arrestarle”, ya que tales acontecimientos tienen “una naturaleza extraterritorial”, que debe garantizar a los artistas el presentar sus obras “libremente y en seguridad”, mientras que la detención de Polanski “en un país neutral…socava esa tradición”, “abriendo la puerta a situaciones de las que nadie puede predecir los efectos”, para acabar proclamando que si Polanski es extraditado ello “tendrá graves consecuencias y le privará de libertad”.

Pocas veces se habrá podido confeccionar un alegato más torpe para defender la indefendible proposición de que los creadores están al margen de la ley que obliga al común de los mortales. Torpeza tanto más lamentable cuanto se produce en el marco de una sociedad globalmente golpeada y aterrada ante la generalización de los abusos sexuales contra menores. Según los “abajo firmantes”, ¿tiene Polanski bula para cometer los desatinos que ellos condenan en otros, como por ejemplo los curas católicos denunciados por la justicia americana o por las películas de, entre otros, el mismo Almodóvar? ¿Hay acaso pedófilos buenos y malos?

Polanski debe hacer frente a sus responsabilidades penales. Mal que les pese al conjunto de los firmantes del bochornoso manifiesto. ¿Estarían en sus cabales cuando lo firmaron?

Javier Rupérez

Embajador de España

JAVIER RUPÉREZ es académico correspondiente de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas

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