Trabajos y premios
José Manuel Cuenca Toribio
lunes 05 de octubre de 2009, 17:48h
Pese a su europeísmo bruselense y a su presencia en el G-20, España conserva todavía aquellas esencias románticas que la hicieran un paraíso terrenal para los viajeros y turistas amantes de las aventuras y exotismos en un mundo que comenzaba a adentrarse por el tedioso camino de la uniformidad. Justamente cuando el único consenso en el desavenido gremio de nuestros economistas estriba en el muy bajo rendimiento de todo el sistema productivo, los premios y distinciones –fenómeno social que la opinión compendia en el término “medalleo”- inundan, con parásita proliferación, el escenario completo de la vida nacional. Sin excepción alguna, los periódicos dedican, cuotidianamente, una o dos páginas a la reseña de actos enaltecedores de la “excelencia” en los trabajos y quehaceres de capitanes de industria, directores y managers de actividades oficiales y privadas y presidentes de los más diversos organismos deportivos y culturales; al paso que las prensas no dejan de gemir con libros gratulatorios o ensalzadores de los ocios y obvies de las personalidades que, un día, rectoraron los destinos del país y consagrados en la actualidad a tareas de asesoramiento en corporaciones relevantes del ámbito empresarial. A escala menor de notoriedades y proscenios, los homenajes y loanzas coram populo pueblan igualmente la agenda diaria de capitales de provincia y hasta de villas y localidades en irrefrenable proceso de extinción. También aquí, claro, y aún en proporción, si cabe, mayor, ha de potenciarse la autoestima de sus vecinos más beneméritos así como, mediante el ejercicio del reconocimiento público –virtud grande, si las hay-, el del resto de sus habitantes o, al menos, en los participantes en tales actos. En una nación, además, tan inclinada a la envidia como la hispana, nada hay que objetar -y, por contera, en tiempos de crisis y de generalizada depresión anímica y cívica- a manifestaciones tan honrosas de la condición humana como la aceptación de la superioridad ajena y la alegría por el éxito y la bienandanza de amigos, colegas o compatriotas.
Sino que sería, tal vez, conveniente, a la vista de las estadísticas que cansinamente empiedran el día a día laboral de nuestro país, una proporción más ajustada entre trabajo y premio, ya que, de no ocurrir así, se está en grave riesgo de deturparse, por vía paradójica, la función y fines perseguidos, aumentando el escepticismo de no pocos colectivos, entre ellos, y en medida esencial, de la juventud. Crítica genéticamente, ésta acrecentaría, a la vista de un espectáculo universal de fariseísmo y desmesura, su espontánea tendencia a la iconoclastia y rechazo de lo vigente. Al menos, pues, en defensa de las generaciones que protagonizarán en plazo corto el presente español, habríase de tener, conforme a la mayor parte de los indicadores de la producción nacional y, a las veces, incluso de nuestra crónica de los tribunales, una actitud más exigente a la hora de tributar agradecimientos institucionales o de amplio radio a las mujeres y hombres de biografía entregada por entero al progreso del bienestar de sus conciudadanos en las mil y una esfera de la vida pública. Con tal conducta, sin duda, la atmósfera moral de la nación -activo clave, si bien a menudo relegado por los economistas, de su marcha interna y así mismo de su crédito externo –cobraría mayor robustez y limpieza.