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La despedida de un maestro

José Enrique Rodríguez Ibáñez
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jerodríguezelimparciales/12/2/12/24
miércoles 07 de octubre de 2009, 15:59h
Casi a modo de legado póstumo aparece la versión española del último libro de Ralf Dahrendorf, La libertad a prueba. Los intelectuales frente a la tentación totalitaria. En él, este gran teórico y personaje público europeo recientemente fallecido reflexiona sobre el siempre difícil filo de la navaja por el que sólo determinados nombres mayores del pensamiento han sabido transitar, esto es, el camino del análisis crítico e independiente, entre la academia y el compromiso ciudadano, sin caer en los extremos, bien de la especialización erudita, bien del partidismo político explícito. Se trata de una tradición liberal y democrática, adaptada a los sucesivos avatares históricos, algunas de cuyas luminarias –esto lo añado yo- pudieron haber sido Tocqueville, Max Weber y Ortega y Gasset.

Centrándose en autores nacidos en la primera década del siglo XX, Dahrendorf realza como paradigmas de esa actitud difícil y valiente a tres grandes ensayistas, Raymond Aron, Isaiah Berlin y Karl Popper. Ellos constituirían el núcleo de un divertido e imaginario club de “erasmistas” a los que podrían sumarse igualmente Theodor Adorno, Hannah Arendt y Norberto Bobbio. Todos ellos, también, habrían logrado mantener un recto norte ético-político que el autor resume de la siguiente manera:

“He aquí, pues, lo que se necesita para resistir a las tentaciones esclavizantes que exigen la cesión de la libertad: ser capaz de no dejarse apartar del propio rumbo aun en el caso de que uno se quede solo, estar dispuesto a vivir con las contradicciones y los conflictos del mundo humano, tener la disciplina de un espectador comprometido que no se deja comprar y una entrega apasionada a la razón como instrumento del conocimiento y de la acción”.

Dahrendorf, que fue una persona discreta y nunca estridente, puede sin lugar a dudas insertarse por derecho propio en la prestigiosa tradición de maestros cabales que no abandonaron las virtudes recién resumidas. Como sociólogo, escribió auténticos clásicos como Las clases y su conflicto en la sociedad industrial (1957). Como analista discurrió lúcidamente sobre los dilemas de la mundialización y los retos europeos en obras no menos relevantes como El conflicto social moderno (1988) y Reflexiones sobre la revolución en Europa (1990). Como responsable social y político, en fin, desempeñó los cargos de comisario comunitario en Bruselas, director de la London School of Economics (al igual por cierto que Anthony Giddens, su nada disimulado y, por supuesto, bastante más vedetista rival) y miembro de la Cámara de los Lores.

La britanización plena de un alemán de pura cepa como el autor, no motivada por problemas de exilio ni de emigración económica, confieso que siempre me había venido intrigando. De nuevo es él mismo quien nos da las claves de tal paso biográfico en el libro que comentamos:

“Si se da algo así como una atmósfera peculiar de la libertad, la tenemos en Inglaterra. Las instituciones del país plantean a los ciudadanos una serie de cuestiones. Sin embargo, estas son solucionadas sin que sea necesario un acto de destrucción más o menos creadora. La curiosa asociación entre el pragmatismo y la excentricidad crea un clima donde prospera la libertad sin que se tenga que ir a las barricadas. Esto probablemente tenga algo que ver con la mezcla realmente aristotélica de elementos democráticos y aristocráticos en la sociedad británica”.

Inglaterra, pues, como punto de arribo sosegado de todo un caudal europeo hecho de voces políglotas y cosmopolitas. O, mejor aún, la Inglaterra política como metáfora viva de un liberalismo realista y reformista, siempre pionero y siempre inacabado.

Pero no es necesario nacionalizarse en Gran Bretaña para seguir el ejemplo de Aron, Bobbio, Adorno o cualquiera de los autores a los que Dahrendorf evoca (entre los que, dicho sea de paso, sólo incluye a un español, Salvador de Madariaga). Eso queda para la libre elección de vidas peculiares como la de nuestro hombre. Lo que verdaderamente importa resaltar y mantener de maestros como el que acaba de abandonarnos es esa fidelidad al buen hacer intelectual y político que debería servir de referente para la ciudadanía y que tantas veces se echa en falta en los mediocres partidos de gobierno y oposición que nos rodean.

José Enrique Rodríguez Ibáñez

Catedrático de la UCM

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