Afganistán, más de lo mismo
viernes 09 de octubre de 2009, 20:09h
Las civilizaciones del mundo actual, cualquiera que sea el estado de salud que disfrutan -o que les aflige- vienen siendo musa de reflexión ensayística desde la publicación de La decadencia de Occidente, debida a la pluma del pensador alemán Oswald Spengler.
En breve tiempo enviaremos a la redacción de El Imparcial unas columnas sobre la pervivencia inspiradora de una musa llamada Civilización(es), así como sobre la tinta que ha corrido en torno a los avatares históricos de todas y cada una de ellas. El reciente ensayo del escritor libanés Amin Maalouf, El desajuste del mundo: cuando nuestras civilizaciones se agotan (recientemente presentado en la Casa Árabe, en Madrid) nos confirma la vitalidad que conserva el tema de marras. Volveremos pronto sobre ello.
Nos toca hoy, empero, incidir una vez más en el asunto de la guerra en Afganistán que cada día levanta más ampollas en los círculos gubernamentales, políticos y mediáticos, no sólo de Estados Unidos, sino también en esta parte del hemisferio.
La guerra de Occidente contra los talibanes, o población afgana insurgente que no ceja en hacer su contra al presidente (¿todavía?) Karzai, puede encajarse en la serie de conflictos -culturales y armados- que se han ido encadenando entre las potencias involucradas en la lucha de intereses que se concitan en el Oriente musulmán desde el final de la primera guerra mundial. Lucha de intereses que adquirió un carácter muy radical a partir de 1979, con el ascenso a la jefatura religiosa y política -imanato y califato- de los ayatolláhs iraníes.
El pandemonium de la guerra en Afganistán, más allá del reiterado pulso que el mando musulmán viene echando al cambiante orden internacional desde 1979, “es una suerte de movimiento pastún de alcance transnacional, activo en Afganistán y Paquistán... y forma parte de una insurgencia que intenta derribar el régimen paquistaní”, en comentario del columnista neoyorquino David Brooks.
Que esta guerra, como quiere Obama, “no es una guerra elegida, sino necesaria”, haría entrar el asunto que se plantea en una vorágine interpretativa, capaz de abrumar el pensamiento más lúcido y de encrespar los ánimos más templados. Sea, pues, la insurgencia talibán una empecinada resistencia tribal a la ¿modernización? ¿occidentalización? del país profundo en que se afinca aquélla, sea una demostración local de desafío a la misión inspirada desde la retaguardia del enemigo peligroso por antonomasia -Al Qaeda-, la gravedad del conflicto cultural, armado y mediático que se desarrolla en aquella parte del mundo permite entender el alcance que ha tenido la advertencia del general McChrystal a las autoridades estadounidenses -desde la Casa Blanca al Pentágono-: “la contra-insurgencia exige más movilización militar y más implantación directa en el tejido social del país en que se ventila el conflicto”. De lo contrario, -añadía McChrystal en su informe- se asumiría una responsabilidad, aunque sin poseer la seguridad de que prevalezca la opción intervencionista de “tropas extranjeras” -así vistas desde el prisma de los insurgentes-, por mucho que éstas desembarquen adornadas con los atuendos de la legalidad onusina.
|
Historiador. Profesor emérito (UNED)
VÍCTOR MORALES LEZCANO es director del Seminario de Fuentes
Orales y Gráficas (UNED) y autor de varias monografías
sobre España y el Magreb
|
|