El futuro no será como el presente
Juan José Laborda
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viernes 09 de octubre de 2009, 20:25h
El futuro no será como el presente. Más aún, el presente actual es muy diferente de cómo nos dijeron que iba a ser. Puede que esta percepción de asombro o de desengaño ante el porvenir, aparezca ahora de manera generalizada después de muchos años en los que la gente, mayoritariamente, confiaba en los dirigentes públicos, en sus previsiones sociales, de un modo parecido a los pronósticos de los meteorólogos que salían, como aquellos líderes, en la televisión.
Se está desvaneciendo el tiempo de certezas. Pero en esta época, además, no existen utopías. De ahí que cada cual busque individualmente sus soluciones vitales. Los planes ya no sirven para ordenar la existencia de cada cual, y tampoco se usan como mecanismo con el que los gobiernos regulaban los medios y los objetivos de una sociedad, desde las previsiones salariales, hasta las edades legales para trabajar o para jubilarse.
Esa “etapa con objetivos” ha abierto el paso a otra, la actual, en la que la incertidumbre preside una buena parte de las decisiones y de las actitudes morales. Los jóvenes porque están, la mayoría, trabajando en precario, sin arraigarse en el empleo, en su empresa. Los mayores, porque contemplan, muchas veces, que su puesto de trabajo, ahora, lo ocupa un joven desconocido que cobra menos que él. Y tampoco conoce a los nuevos jefes, también jóvenes peor remunerados que los antiguos. Sin embargo, si la empresa está internacionalizada –y esa es una tendencia imparable-, la cuantía de los ingresos de los grandes jefes, esos “master del universo” que cruelmente pintaba el novelista Tom Wolfe, son conocidos (por la prensa) por ser escandalosamente desmesurados.
En un mundo en el que todo está permanentemente cambiando, desde los matrimonios hasta las empresas, es absolutamente funcional que ni los trabajadores, ni los cónyuges, tengan la sensación de que los empleos, o las parejas, puedan durar mucho tiempo. Y la juventud ya no es sólo la edad del comienzo, sino la fecha de la caducidad inminente: ahora las jubilaciones se adelantan en función de la estrategia empresarial, y la experiencia no suele ser un valor apreciado por sus gestores. La publicidad ha sustituido los cambios productivos, por las novedades en las ofertas de temporada.
Es indudable que el pensamiento progresista, tan influyente en el mundo occidental desde hace 150 años, está afectado por su actual carencia de horizontes creíbles. Esto es algo que sucede en el Viejo Mundo, lo que yo llamó “las democracias atlánticas”. En Brasil, en la India, en China, en Chile, en Sudáfrica, o en otros países emergentes, aunque existen las mismas (o mayores) incertidumbres para el futuro, tienen la convicción de que si éste no se ve truncado por guerras, o por un cataclismo climático, el progreso material y espiritual de sus sociedades es y será un hecho. Su futuro será de progreso, algo que falta en las viejas (y cansadas) sociedades occidentales.
Estos cambios conciernen al más importante y exitoso movimiento político progresista: la socialdemocracia o socialismo democrático. Cuando la crisis está desvelando las limitaciones del mercado, paradójicamente, los grandes partidos europeos pierden en sus bases tradicionales. También cuando apremian los desafíos de la globalización, la Internacional Socialista, dirigida hasta ahora por Giorgios Papandreu, no puede ni siquiera competir en el debate con otros foros internacionales.
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Consejero de Estado-Historiador.
JUAN JOSÉ LABORDA MARTIN es senador constituyente por Burgos y fue presidente del Senado.
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