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Vete a tu puta casa

jueves 15 de octubre de 2009, 20:26h
España –país líder en la telebasura y en el “voyeurismo- encabeza también la lista de los países inquisidores en los que se incita a quemar en la hoguera a todo aquel que no piense como el interlocutor. Un sindicalista (profesional del sindicalismo) de nombre José Ricardo Martínez ha sido el último exponente. No fue un exabrupto improvisado, pues ha proclamado que no se desdice, sino que su “Vete a tu puta casa” dirigido al Gobernador del Banco de España fue fruto de una profunda meditación.

¡Qué serenidad! ¡Cuánta sabiduría! ¡qué concisión expresiva y perifrástica! ¡Qué medida elegancia! ¡Qué profundidad de pensamiento! ¡Qué esmerada educación! ¡Cuánta capacidad de política condensada en cinco palabras! ¡Qué lección magistral para todos!

El totalitarismo es la doctrina en cuya virtud la ideología oficial es la dueña del sistema, en el que no caben y, por tanto, han de ser expulsados los discrepantes. No hay libertad más que para los adscritos y sumisos a esa ideología oficial.

El sistema puede irse al garete, pero lo importante es la salvaguarda de los privilegios e intereses de los que se alimentan del propio sistema. A los totalitarios les apasiona la unanimidad. Su voz es la única y exclusiva. Abominan del pluralismo y del debate abierto y sin condiciones previas.

Pero no podemos continuar en el autoengaño de pensar que nos encontramos ante una crisis pasajera, una mera tormenta de verano. Estamos sumidos en el pozo de un crack estructural, de una osteoporosis múltiple que ha afectado a todos los huesos de la economía y, más grave aún, del modelo económico y social. Cerrar los ojos y entonar el váyase a su p... casa a quien –con sentido profundo de Estado- pide que se sea serio y que, de una vez por todas, se aborde la reforma del Estatuto de los trabajadores, del sistema de pensiones, del régimen de la Seguridad Social, o el adelgazamiento severo de las Administraciones Públicas, es un suicidio.

Se ha dicho siempre que los líderes sociales tienen el deber de hacer pedagogía. Decía Bentham que la función del Parlamento es enseñar a la nación lo que no sabe y hacerle oír lo que de otro modo no oiría. Cuando los líderes sociales acuden a la descalificación burda, a la condena al castillo de If de los rivales, la democracia fenece o se convierte en una pseudemocracia no al servicio de los intereses de los ciudadanos sino al autoservicio de los que se han aupado a las tribunas del poder.

Las enormes tragaderas, cual estómago de Pentagruel, de la sociedad se explican por el hartazgo, la desafección y la falta de la más mínima esperanza en cualquiera de estos líderes sociales, cuyos patrones de comportamiento simplemente provocan, cuanto menos, hilaridad. Pero hay un límite inaccesible e infranqueable por ellos, el de la dignidad personal y social.

¿Qué pensaría el sindicalista José Ricardo Martínez si un portavoz de otro sindicato o de un partido no hermanado en su disciplina le espetara el “vete a tu p... casa”? ¿Le parecería injusto, antidemocrático, indigno? ¿Lo tacharía de discriminatorio para la clase trabajadora a la que representa? ¿Organizaría una manifestación solidaria un jueves a las doce de la mañana en el centro de la ciudad para hacer aún más cruento el tráfico?

Enrique Arnaldo

Catedrático y Abogado

ENRIQUE ARNALDO es Catedrático de Derecho Constitucional y Abogado. Ha sido Vocal del Consejo General del Poder Judicial

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