Salpicaduras en el Prado
sábado 17 de octubre de 2009, 14:07h
El Museo del Prado es uno de los más importantes del mundo. Pocas pinacotecas disponen de un fondo como el suyo. Hasta hace una semana, y por razones de espacio, el siglo peor representado era el XIX. El visitante salía con la impresión de que entre Goya y Picasso no hubo pintura española. Con las últimas ampliaciones, esta laguna ha sido subsanada. El público podrá contemplar al fin la colección de cuadros y esculturas que desde 1896 rodaba de aquí para allá a la espera de un lugar idóneo donde ser expuesta. ¿Por qué no se buscó antes con más ahínco ese espacio? Evidentemente, faltaba interés. Las críticas de la vanguardia hundieron en el descrédito el arte decimonónico.
Además de una mejor gestión del museo, parece estar produciéndose un cambio de actitud hacia las obras del XIX. Un ejemplo es el interés que suscitan Fantin Latour o Sorolla, denostados en la época en que la vanguardia combatía cualquier forma de arte que transigiera con los gustos del gran público, fuertemente influido por el realismo y el romanticismo, las dos grandes tendencias estéticas decimonónicas. Ambas juzgaban que la belleza es el tema directo, inmediato, de la obra de arte, pero mientras que el realismo la identificaba con la apariencia de las cosas y, por tanto, con nuestra representación de ellas, el romanticismo la asociaba con la experiencia de lo sublime, entendiendo por tal aquello que, debido a su eminencia, somete a prueba nuestra facultad de representación. Uno y otro impusieron un estilo en el que solamente cabía la genialidad, genialidad para aprehender en un golpe de vista toda la riqueza de la realidad o genialidad para expresar las emociones provocadas por el contacto con los misterios del mundo. Ahora bien, no existe nada más difícil, incluso para el genio, que mantenerse continuamente a esa altura sin caer en la ostentación y el patetismo. Este era el gran riesgo del arte decimonónico. Hermann Broch lo llamó kitsch. El kitsch amenaza a cualquier artista que suponga que la belleza es realizable. No es extraño, por ello, que Van Gogh, Gauguin y después las vanguardias se opusieran a esta idea. Para ellos el arte decimonónico era sensacionalista y falso, un arte pirotécnico, al borde siempre de la fatuidad.
Este desdén ha sido durante un siglo marchamo de modernidad. El hundimiento del sistema de valores de la tradición, imposible de ocultar tras las catastróficas guerras mundiales, demostraba que la vanguardia tenía razón. Sin embargo, el camino recorrido por ésta durante cien años de búsqueda no parece habernos llevado a ningún sitio. Quizá nuestros artistas hayan hecho algo muy grande sacando la pintura, la música y la poesía del tiempo y del espacio, pero sólo porque ahora sabemos que esas actividades no tienen sentido fuera de ellos. Siempre que el hombre excede sus límites descubre que el cielo está vacío y que el ser es la nada. La extrema lucidez está bien para los dioses, no para los humanos. Nuestros códigos lingüísticos, nuestra sensibilidad y nuestros conceptos están hechos para la realidad. Todo intento de trascenderla, de derribar el mundo de las apariencias, de saltar el muro del tiempo, conduce al anonadamiento.
Estamos cansados de vanguardia, y no porque no refleje la sociedad actual, (¿se les ocurre mejor manera de representar lo que sentimos acerca de nosotros y del mundo que un montón de escombros coronados por un zurullo monumental?), sino porque es incapaz de producir obras deslumbrantes, de esas que primero ciegan y luego iluminan. Queriendo ser sólo y nada más que arte, ha acabado siendo cualquier cosa excepto arte. Sus creaciones, aún las más provocadoras, apenas suscitan ya otra cosa que vergüenza. En 1961, cuando Piero Manzoni presentó noventa latas conteniendo cada una noventa gramos de sus propios excrementos conservados al natural bajo el título muy realista de Merda d´artista, seguro que alguno festejó la ocurrencia y hasta adquirió un ejemplar (110.000 euros se han llegado a pagar por uno de ellos), pero cuando esas latas estallen, algo que al parecer tiene que ocurrir en los próximos años a causa de la fermentación, los salpicados no tendrán ya motivo para dudar de aquellos que decían que la intuición estética de los artistas actuales había dejado de ser en absoluto fiable.
Los salpicados, o sea, aquella gente que confió en la vanguardia y mira ahora con nuevos ojos a la tradición, añorando tal vez esa época en la que realidad y belleza, a pesar de su apariencia y falsedad, seguían contando en la vida de los hombres.