El aborto en España: una reforma controvertida
lunes 19 de octubre de 2009, 09:52h
Este sábado pasado se llevó a cabo en Madrid una gran manifestación en contra de la reforma de la ley del aborto. Independientemente de las diferencias en cifras sobre el número de participantes que ofrecen los diferentes medios de comunicación e instituciones, lo que demuestra es que, más que a la ley del aborto en general, la reforma a esta ley ha generado una gran división en la sociedad española. Algunos aspectos, como el derecho a abortar para menores de 16 años, no ya sin el consentimiento, sino sin tan siquiera consultar a sus padres y tutores legales, han suscitado particular contestación. Cualquiera que sea la postura al respecto, no es fácil de explicar cómo una niña no puede viajar sin permiso paterno pero si abortar sin tan siquiera una consulta al respecto.
Buena parte de esta responsabilidad la ha tenido el Gobierno por no proporcionar suficiente información sobre la ley y los objetivos de ésta; información que todos los ciudadanos deben poder obtener respecto a reformas de ley tan importantes como controvertidas. El aborto es un tema serio que no debe ser trivializado, como ha ocurrido, no sólo por parte de sectores del gobierno, sino también por grupos eclesiásticos y algunas organizaciones civiles, tanto aquellas que se oponen al aborto, como las que dicen defender los derechos de las mujeres. El aborto no es un método anticonceptivo –si acaso, es la consecuencia del fracaso del mismo- ni equiparable a una operación de cirugía estética, como algún miembro del gobierno ha pretendido comparar con poca fortuna y menos sentido de la responsabilidad. El aborto puede, y quizá deba ser regulado, pero, en todo caso, debe ser presentado como lo que es: una tragedia para la mujer y las familias y un último recurso al cual, en determinados supuestos, es preciso recurrir. Lo demás es fomentar la cultura de la irresponsabilidad y buscar el enfrentamiento y la división de la sociedad en pos de votos radicales, que no es lo mismo que socialistas.
Es verdad, como dijera el presidente del Congreso de Diputados, José Bono, que el tema del aborto no es un asunto de derechas o izquierdas, sino que es un asunto social que traspasa a los partidos. Sin embargo, el Gobierno, que es el responsable ante los ciudadanos, no ha sabido, o no ha querido, manejar la situación de la reforma propuesta ni ha sabido presentarla, convirtiéndola en parte en una lucha partidista que evita analizar la cuestión con seriedad, sosiego y profundidad.
La falta de este análisis, así como la poca información al respecto, ha provocado que el número de los opositores a la reforma de la ley se incremente con personas que, en un principio, no se oponen a la existencia de una ley del aborto, sino a las modificaciones a ésta. Un cambio en la legislación debe contar con el consenso de la mayoría, y dada la situación de división que el proyecto ha provocado en la sociedad española, parece que el señor Zapatero y sus colaboradores han conseguido precisamente lo contrario. Se trata de una ley que afecta a un gran porcentaje de la población. Es necesaria la discusión del tema con cabeza y con una actitud seria y responsable, evitando por un lado la trivialización del asunto, y por otro las expresiones desmedidas que, en vez de ayudar a tomar una buena decisión, exaltan los ánimos e impiden enfocar la cuestión de manera racional.
En este sentido, se entiende –desde su punto de vista- la condena moral de la Iglesia. Sin embargo, la jerarquía católica debería resistir la tentación de convertir el pecado en artículos del Código Penal, evitando expresiones desmesuradas y truculentas como “el asesinato organizado” que ayudan poco a un debate sopesado y racional sobre una cuestión espinosa que exige mucha más comprensión y conmiseración que radicalismo de predicadores incendiarios e intransigentes.
Por otra parte, todos deberíamos tratar de entender que estos temas responden a problemas difíciles siempre, trágicos, con frecuencia; no son –o no debieran serlo- presentados como oportunidades ni divertimentos, de modo que su tratamiento fomente la irresponsabilidad de una sociedad hedonista. No hace falta recurrir al socorrido recurso de agitar el fantasma del cura ultramontano de aldea para evitar afrontar ciertos problemas relevantes y acuciantes que las sociedades occidentales tienen delante. Es evidente que aborto y muerte digna son temas de nuestro tiempo pero puede que debamos reflexionar sobre el hecho, quizá significativo y, en todo caso, también incontrovertible, que ambos se plateen en sociedades incapaces de alcanzar su nivel de reposición y poco dispuestas a defender sus propios valores.