Las mentiras de “Agora”
miércoles 21 de octubre de 2009, 20:43h
A principios de los años sesenta se acuñó el término “peplum” (túnica sin mangas que se abrochaba en el hombro) para referirse a aquellas películas ambientadas en la antigüedad. Mayoritariamente Grecia y Roma (“una de romanos”), aunque la amplitud del término en cuestión permitía incluir a vikingos, caballeros medievales y demás personajes de antaño. El género se revitalizó con la excelente “Gladiator”, mentirosa como ella sola pero sumamente entretenida. No hubo ningún “hispano” que matase a Cómodo, si bien el personaje interpretado por Joachim Phoenix tampoco era muy querido, que digamos. Posteriormente, “El Reino de los Cielos”, de Ridley Scott, volvería a caer de nuevo en la falacia histórica (que se sepa, Reinaldo de Chatillon no fue nunca Gran Maestre de la Orden del Temple, ni Balian de Ibelin tuvo semejantes ínfulas “new age”), aunque el producto final tenía su interés.
“Agora” también es “peplum”, aunque a decir de muchos, tal vez debería decirse “pestiñum”, dado lo plúmbeo de la película. Soy de los que piensa que a determinadas obras con el marchamo de polémicas hay que quitarles el adjetivo e ir a verlas sin prejuicio alguno, siempre y cuando el tema apetezca. A nivel personal, no estoy de acuerdo con el revuelo que se formó con el estreno de “El Código Da Vinci”. El libro está plagado de patrañas e inexactitudes, amen de tener una calidad literaria deplorable, pero como best seller sin más resulta muy aceptable. La película está bien hecha, y es fiel al texto original. Como católico que soy, mi fe no se vio trastocada por las aventuras de Tom Hanks en busca del presunto linaje de Jesús. Allá cada cual con su imaginación. Los cimientos del Cristianismo son mucho más sólidos que todo eso.
La diferencia con “Agora” es que “El Código Da Vinci” está producida íntegramente con capital privado, mientras que en la primera se ha invertido dinero de todos los españoles. Además, “el Código da Vinci” sigue a pies juntillas al libro que le da título, mientras que “Agora tergiversa vilmente la historia. Lo cual no es óbice para que una película deba ceñirse estrictamente a la realidad: el director es muy dueño de contar lo que le plazca, sea ficción o verdad. Ahora bien, si opta por esto último, lo menos que se le debe exigir es un mínimo de rigor histórico y, desde luego, no es el caso.
Para empezar, la biblioteca de Alejandría no la quemaron los cristianos, sino Julio César en el año 48 A.C. Hipatia no murió jovencita, sino a los 61 años de edad -dos años después del malvado obispo, cristiano por supuesto-, y sí, le gustaba la astronomía, pero lo suyo era la filosofía. Asimismo, por lo que se conoce de ella tampoco puede decirse que fuera una experta en ninguna de las dos disciplinas. Y en lo que se refiere al furor de los cristianos, no era precisamente fe lo que guiaba al emperador Teodosio II, sino más bien un interés práctico. Resultaba muy útil políticamente hablando utilizar al cristianismo como elemento vertebrador de un imperio que equiparaba homogeneidad con estabilidad, ni más ni menos. A lo mejor un día de estos los mediocres paniaguados que manejan el cotarro del cine español abandonan su resquemor y se dedican a hacer películas más fidedignas y de mejor calidad. El espectador lo agradecería. Y no digamos el contribuyente.
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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