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Encarcelados en nuestro propio espacio

José María Zavala
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jmzavalagmxnet/8/8/12
jueves 22 de octubre de 2009, 19:20h
Al detenernos a observar aquello que nos rodea, parece en ocasiones como si viviésemos en un mero escenario. Allá donde pisamos, en donde entramos y de donde salimos, incluso donde reposamos, podemos percibir la amarga lucha por la propiedad. Uno tiene la sensación de que el mundo en el que habita es una casa ajena.

Desde el mismo momento en el que emprendemos la marcha, son los caminos los que nos guían. Ya sean carreteras, aceras, vías sin asfaltar... son las que nos conducen, las que nos llevan de un lugar a otro. Cuando no topan nuestros pasos con la propiedad privada, la pública aparece férreamente limitada, pues las funciones y usos del suelo y el espacio en general cierran las puertas a la espontaneidad. El espíritu de “no pisar el césped” abunda por doquier.

Todo ello es un potencial veto al arte, la cultura, el ocio, la política, la comunicación... Pobre aquél al que se le ocurra juntarse con más de diez personas en público para intercambiar con ellas pareceres o compartir intereses sin haber advertido previamente a la administración.

A modo de ejemplo, vemos que pretenden prohibir a la gente reunirse en el parque del Retiro para improvisar sesiones de percusión (las llamadas “batucadas”). Me viene a la mente también el caso de los ecuatorianos que acostumbran a reunirse en descampados, para comer, charlar o bailar, un terrible crimen que la administración intenta prevenir enviando efectivos policiales.

Pero si hay un momento en el que esta actitud me frustre especialmente, es cuando huyo de la ciudad. Ya liberados de las demoníacas torres que nos impiden ver el horizonte, nos damos cuenta de que cercas y vallas nos condenan de nuevo a los caminos, dificultándonos enormemente la posibilidad de acampar o simplemente sentarse a contemplar el paisaje tranquilamente. No hay nada más enervante que encontrar en nuestra ruta una alambrada, velando por un terreno que lleve años desaprovechado, cerrado solamente por el orgullo de la posesión, y paralizado por algún problema de herencias, por desdén o por pura especulación.

Hay muchas veces una grave desvinculación entre los propietarios o gestores del espacio y éste. Políticos que desconocen los barrios que gobiernan, especuladores que no pisan los inmuebles que poseen, constructores que sólo piensan en el beneficio, dueños o usufructuarios de vastas plantaciones en países que no sabrían ubicar con acierto en el mapa, etc.

El espacio público está configurado para que vayamos de un lugar a otro, en vez de estar en un lugar y en otro. Sólo se nos permite mirar, no experimentar, hasta el punto de parecer simples espectadores. Al vivir una relativa democratización del consumo, no nos hemos dado cuenta de que el espacio ha quedado en manos de unos pocos, que hemos perdido derechos sobre éste, y quedamos relegados a nuestros cubículos particulares (que en muchos casos ni siquiera son nuestros sino del banco o de quien nos cede su uso a cambio del dinero). Iremos así felices al hogar (las “repúblicas independientes”, como reza el anuncio), a disfrutar de nuestros preciados bienes. Y al salir de ellas, por los caminos convenientemente marcados, vagaremos de una tienda a otra, luego quizás a un café, al cine o a un pub.

¿Qué consecuencias tiene esto? La falta de espacios produce falta de iniciativas, y sólo quienes puedan pagar por una superficie o refugio en el que llevar a cabo sus sueños y sus pasiones podrán desenvolverse con mayor libertad. La limitación del uso de espacios públicos nos conduce a un entorno extraño, censurado, opresivo.

José María Zavala

Sociólogo

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