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Agudeza

José María Herrera
sábado 24 de octubre de 2009, 14:02h
En cierta ocasión, una señora descontenta con Churchill se dirigió a éste y le dijo: “si yo fuera su mujer, le envenenaría el café”. Churchill respondió: “Señora, y si yo fuera su marido, me lo tomaría al instante.”

La rápida salida del gobernante británico es un ejemplo de agudeza. La agudeza es el aguijón del ingenio. Quien la posee no sólo dispone de sus propias ideas, sino también de la posibilidad de clavarlas en las cosas, lo cual incluye naturalmente a las personas. Una idea roma, sin punta, una idea chafada, no penetra en las cosas, sencillamente colisiona con ellas o las aplasta.

Antes de que les diera por el nihilismo, los filósofos solían distinguir entre juicio e ingenio. El primero es la facultad de descubrir lo particular en lo universal. El segundo, la facultad de descubrir lo universal en lo particular. Gracias a su buen juicio los hombres se hacen cargo de lo que pasa a su alrededor y obran en consecuencia. El ingenio, en cambio, apenas sirve para nada. Se trata de un lujo del espíritu que como mucho reporta brillantez o encanto a la persona. Kant expresó todo esto con su clásica precisión: “la naturaleza parece realizar en sus flores un juego y en sus frutos un negocio”.

A los hombres agudos se les teme por el mismo motivo que se les aprecia: porque amenizan el trato y eluden las convenciones. Esto no significa que la vivacidad y prontitud del ingenio sea exclusivamente una virtud de salón, algo suntuario o decorativo. Constituye también una prueba de que siempre se puede ir más lejos de donde se está, algo que pocas veces hace la persona juiciosa.

Un tópico de los libros morales es vincular inocencia con ignorancia y agudeza con malicia. Pero no hay razón para que esto sea necesariamente así. Aunque la persona aguda resulte por lo general poco dócil y presuntuosa –recuérdense a los feroces poetas españoles de la época de Quevedo o a los dandys franceses e ingleses que desembocan en Wilde, de quien dijo Chesterton (¿o fue Borges?) que se pasó la vida queriendo parecer superficial sin conseguirlo-, sus palabras no tienen por qué estar siempre inspiradas por un estéril espíritu de lucimiento y, menos aún, por la voluntad de aprovechar el ingenio en detrimento de los demás.

Por supuesto, tenía toda la razón del mundo Montaigne al preferir el buen orden de la mente al lucimiento, la regularidad del juicio al chispazo del ingenio. El hombre agudo tiende sin duda a la frivolidad, al brillo sin sustancia, un brillo que harta y no alimenta. “Chi troppo s´assoteglia, si scavezza”, quien se aguza demasiado, se descabeza, asegura un proverbio toscano.

Pero la agudeza y el ingenio no están reñidos con el buen juicio. Ya hemos visto el caso de Churchill. Se podrían alegar muchos más. Cuenta Plutarco que el tirano Dioniso, encantado con la música que interpretó ante él cierto citarista, le prometió, para asombro de la corte, pues era muy avaro, un talento de recompensa. A la mañana siguiente el músico reclamó sus honorarios, pero Dioniso, arrepentido, eludió el compromiso con una agudeza: “estamos en paz, ayer por la tarde yo disfruté con tu música y tu anoche conmigo gracias a mi promesa”. Igual de sutil se mostró un célebre cardenal en su lecho de muerte cuando, al escuchar las palabras de un criado que trataba de consolarle diciéndole que dentro de poco estaría en la casa del Señor, exclamó “ya, ya, pero es que como en casa de uno ...” Tampoco está mal lo que se le escuchó susurrar a la duquesa de Rohan, esposa del último mariscal hugonote de Francia, en el confesionario: “he pecado mucho, pero al menos no he tenido nunca más de un amante”.

En nuestro mundo, quizá porque éste se ha vuelto bastante triste con el progreso y la racionalización, la agudeza es un bien escaso. Hay sectores en los que prácticamente ha desaparecido. Ni siquiera quienes la explotan –los humoristas, por ejemplo- confían en ella. Esta quizás sea la razón por la que abusan cada vez más de las carcajadas enlatadas. La sal gruesa y las ideas romas tienen muchas más opciones de llamar la atención y abrirse paso que los productos del ingenio. El colmo del embotamiento es la política. Aquí se ha llegado a un punto en que hay que hablar ya de impotencia. “Se fue la flecha, quedó el arco”, le entran a uno ganas de cantar. ¿Por qué será que las dictaduras resultan inimaginables sin crímenes y las democracias sin demagogia, corruptelas y una abrumadora falta de ironía y buen humor?
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