www.elimparcial.es
ic_facebookic_twitteric_google

La capitalidad cultural y Córdoba

José Manuel Cuenca Toribio
lunes 26 de octubre de 2009, 18:13h
La muy reciente frustración madrileña –y, también, parcialmente, cordobesa- en su muy legítima (aunque quizá no tanto fundada política y cronológicamente) aspiración a la titularidad de los Juegos Olímpicos del 2016, aviva los temores de que la ciudad califal no alcance su anhelada meta de protagonizar la capitalidad cultural europea en el cada vez más cercano año de 2016. La idealidad, el voluntarismo y la “corazonada” chocaron contra el muro de hierro de las opciones estratégicas y las crudas realidades de los diseños y planes de Cancillerías y Estados en un mundo globalizado a las duras y a las maduras.

No otro puede ser el panorama a que se enfrente Córdoba apenas transcurrido año y medio. El concienzudo trabajo de la Comisión organizadora del acontecimiento, las ilusiones y esperanzas depositadas por gran parte de la ciudadanía en el logro del objetivo primordial económico, social y cultural de la ciudad y –menor medida- de la provincia en los umbrales de la segunda década del siglo XXI pueden desmoronarse al contacto con las aspiraciones lógicas y normales de otras urbes también investidas de justos títulos. En un surco igualmente de racionalidad y comprensible ufanía, porción muy ancha de la propuesta cordobesa la ocupa su herencia histórica, incomparable incluso en una nación como la española de envidiable patrimonio cultural y artístico en todos los rincones de su variada e impactante geografía. La circunstancia adventicia y anecdótica, pero de hondo calado propagandístico a escala internacional, de la famosa – e, historiográficamente, errónea- alusión en un discurso de Obama a la tolerancia, ha sido muy bien aprovechada por los gestores de la mencionada Comisión en orden a peraltar el valor simbólico de la antigua corte de los Omeyas en un planeta tan necesitado de diálogo a todos los niveles. Pero la magia y el sortilegio del muy carismático presidente de los Estados Unidos poseen un límite, y, por lo demás, la agresión del tiempo hace también aquí su labor, conforme lo evidencia, entre otros, su completo fiasco en Copenhague.

Al margen de futuribles y mesianismos, ha de tenerse en cuenta que el perfil de la urbe ideal para la celebración de 2016 se traza, según las informaciones más fidedignas, en los gabinetes de los expertos y en los centros de decisión más encumbrados conforme a otros parámetros más atenidos al futuro que al pasado. Todo lo que aparezca “rompedor” y con semilla de porvenir bien cimentado se mirará con viva simpatía por el comité de expertos en cuyas manos se encuentra la elección final. Las nuevas tecnologías, los espacios urbanos en la sociedad posmoderna, las pautas de convivencia –ocio, espectáculo, ecología- serán factores determinantes en un veredicto de trascendente importancia para Córdoba. ¿Posee ésta al respecto equipamientos de “excelencia”, en el lenguaje de los círculos oficiales? Según éstos, es la triada capitalina asturiana constituida por Avilés-Gijón y Oviedo la que usufructúa las mejores condiciones para asentar una candidatura ganadora. De otra parte, el Sur y el Mediterráneo semejan haber quedado temporalmente orillados de la ruleta de la fortuna en que, de facto, se ha convertido el concurso político y mediático de la proclamación de la capital cultural europea. En tal extremo, hay que reconocer que la eventual elección del binomio Avilés-Gijón y, más azarosamente, Oviedo no se descubre indigente de motivos ni carente de sólidas perspectivas, según se esbozará en un próximo y último artículo sobre una cuestión de vida o postración para nuestra ciudad.

Se apuntaba en el artículo precedente que la consistencia de las bazas del binomio Avilés-Gijón o de la triada si Oviedo entra, finalmente, en la opción asturiana, a la hora de concurrir a la capitalidad cultural de Europa en el año mágico y dionisíaco de 2016. Un Norte “castigado”, según la opinión pública hodierno prevalente en todo el septentrión atlántico, a no poseer hasta el 2012 ninguna línea de comunicación de Alta Velocidad, estragado por el cambio de modelo industrial y dotado de lobbies poderosos en las esferas mediáticas, políticas y financieras, será muy probablemente el territorio sobre el que recaiga la última decisión del Comité de expertos ya mencionado. A tales efectos, probablemente la opción santanderina –nada desprovista de argumentos- no tendrá chance a causa, algo paradójicamente, de su mentor principal, bien introducido en los palacios gobernantes, pero cuyo influjo se vería como una descorazonante prueba del poder absoluto de la Banca en los destinos de la nación. A su vez, la tensionada convivencia interna en el País Vasco descartaría igualmente la candidatura de esa ciudad sin rival en tantos aspectos que es Donosti o, a la antigua usanza, San Sebastián.

De ahí que sea el Principado, región muy en la onda de los actuales núcleos dirigentes de España, deprimida mas al mismo tiempo con llamativos y numerosos fermentos de creatividad en sectores-punta y con cenáculos intelectuales y mediáticos de ascendiente decisivo en Madrid, la geografía en que se ubicúe definitivamente la capitalidad cultural para el periodo comenzado en 2016.

Si así sucediese, conforme, por lo demás, a los usos más genuinos de una colectividad regida por principios democráticos, el shock provocado en Córdoba sería de difícil descripción y alcance. Empero, como aún todas las opciones siguen abiertas y en la partida última, ya iniciada, quedan algunas –no muchas- cartas sin jugar, no hagamos de Casandra y contemplemos el futuro, de acuerdo con el paradigma alquitarado de la tierra de Séneca, con sobria ilusión hasta que sea llegada la hora suprema. Ello no autoriza, sin embargo, todo lo contrario, a ocultar el crítico o el dramático –escoja el lector- momento protagonizado por una ciudad en la que, venidos a tierra uno tras otro en los años transcurridos del siglo XXI sus grandes proyectos para la flamante centuria y atrofiados o desaparecidos, por un asombroso cúmulo de errores e inercias, sus principales resortes de crecimiento y desarrollo, los horizontes inmediatos son todo menos halagüeños. Una comunidad de cerca de un millón de personas no puede en manera alguna focalizar sin alternativa y de forma, en puridad hoy por hoy, exclusiva su andadura próxima en el azar de un concurso.

En tan grave coyuntura, la historia no ha de emplearse tan sólo para capitalizar un pasado iridiscente, sino también para extraer provechosas enseñanzas de su devenir. Andalucía, el gran actor de la España moderna, perdió su papel de tajamar al advenir la edad contemporánea. Su pueblo, pero muy principalmente sus élites no tuvieron el vigor necesario para, en un nuevo escenario, seguir creando o, al menos, impulsando en primera persona el presente, conformándose –y no siempre…- con escoltarlo. Tras doscientos años de errática itinerancia por los caminos de una historia a la que en otro tiempo marcó el rumbo, hoy continúa firmemente apoltronada en sus vagones de cola, a escala de la Europa que cuenta y de la España que decide.

No es, desde luego, el destino merecido por sus buenas gentes ni el ejemplo a imitar por la ciudad que un día rigió la trayectoria de la porción más viva del Viejo Continente.
¿Te ha parecido interesante esta noticia?    Si (4)    No(0)

+
0 comentarios