Incendio en el PP madrileño
martes 27 de octubre de 2009, 00:24h
Las declaraciones del vicealcalde de Madrid, Manuel Cobo, tildando de “vomitiva” la conducta de Esperanza Aguirre, son de una gravedad palmaria. No sólo por su indudable mal gusto, sino por hacerlas en un medio de comunicación -por lo demás, cabecera habitual de Gallardón-. A todo ello hay que sumarle la convulsa situación que vive últimamente el PP, que no sale de una para meterse en otra. O lo que es lo mismo, Cobo ha estado inoportuno, soez e indiscreto, muy en el rol de “segundo duro” que desempeña a la perfección junto a su admirado Gallardón. Detrás de todo ello subyace el duelo fratricida por controlar Caja Madrid, aunque las rivalidades vienen de mucho más atrás.
Se equivocó Esperanza Aguirre al proponer el nombre de Ignacio González, quien al lado de la terna Rato-De Guindos-Pizarro carece de entidad profesional, cuando no personal. Además, echar un pulso al presidente Rajoy es una temeridad y un error de cálculo, desde el punto de vista de los intereses de su propio partido: lo único que le faltaba al PP es otra prueba de falta de autoridad. Erró igualmente Gallardón al afirmar que el nombre debía salir de la calle Génova, reconociendo explícitamente que el funcionamiento de la cuarta entidad bancaria española pasaba por lo que se decidiese en los despachos de la sede nacional del PP. Peca de su abulia ya endémica Mariano Rajoy, incapaz de poner orden en un partido que cada día parece más desnortado. Y, sobre todo, es profundamente disfuncional que las decisiones de entidades financieras se tomen en función de criterios de poder que no de mercado
Cobo puede acogerse a su libertad de expresión, no faltaba más. Pero si tanto asco le producen los dirigentes regionales del partido en el que milita y del que cobra, debería hacer un mínimo ejercicio de coherencia política y dimitir. Una cosa es disentir y otra bien distinta permanecer en un sitio “vomitivo”. En esta ocasión el incendio lo ha provocado el vicealcalde quien, como es público y notorio, no hace nada sin la aquiescencia de Gallardón, al que le ha faltado tiempo para mostrarle su apoyo sin fisuras. Y precisamente por ello corresponde a la dirección nacional del Partido Popular adoptar medidas urgentes para que tales conductas ni queden impunes ni se vuelvan a repetir. Ya lo dijo José Antonio Alonso hace no mucho: “Si Rajoy no puede ni gobernar su partido, ¿Cómo piensa entonces aspirar a gobernar España?” Del comportamiento de Mariano Rajoy en todo este asunto dependerá en gran medida que semejante afirmación tenga o no fundamento.