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RAJOY Y LA JAULA DE LOS GRILLOS

martes 27 de octubre de 2009, 11:30h
Es un espectáculo deprimente. Un patio de monipodio donde todo vale. Una jaula de grillos insultantes. Un concurso de navajeo y cuchilladas. Una burla a diez millones de personas que votan al PP, que están hoy atónitos y que echan de menos a José María Aznar. El ex-presidente hubiera necesitado sólo unos minutos para poner a cada uno en su sitio: a Camps, a Costa, a Esperanza Aguirre, a Gallardón, a Cobo… Con Aznar el nombramiento de presidente de Caja Madrid fue un trámite. Con Rajoy, un escándalo. Antes de que apareciera la entrevista con el vicealcalde, dirigí yo una carta premonitora en “El Mundo” a Cristóbal Montoro, un político serio, responsable de Economía en el PP. La carta la reproduzco íntegra a continuación:

     "Mi querido Cristóbal…

     ¿Pero es que no hay nadie, ni siquiera tú, que le cante las verdades a Mariano Rajoy? ¿Es que ningún genovita se avergüenza del espectáculo que estáis dando en el circo madrileño con las piruetas del nuevo presidente de Caja Madrid? ¿Es que se puede actuar de forma más tórpida y absurda? El 8 de septiembre pasado publiqué en éste periódico una canela fina titulada Rato, Rajoy, la Caja. Dos meses después, Rajoy no ha sabido resolver el asunto. Los dimes y diretes, la indecisión endémica, la ambigüedad sin calcular, la política merengosa del pasteleo y la componenda, han herido gravemente el crédito del propio presidente y la estabilidad de la Caja.

     Hablemos sin tapujos. “Desterremos los eufemismos” que dijo Simón Bolívar, poco antes de morir, por cierto abandonado y preterido en un pueblo colombiano y, para colmo, en la finca de un marqués español. “Los tres mayores majaderos de la Historia –afirmó- hemos sido Jesucristo, Don Quijote y yo”, que el caudillo bufón Chávez no se entera. Hablemos, pues, sin eufemismos. La mayor parte de las Cajas son los bancos que manejan a su antojo los presidentes autonómicos de turno. Están profundamente politizadas. El presidente autonómico obsequia a través de ellas con prebendas, patrocinios, créditos o ayudas a personajes y empresas que le son gratos.

     Pero hay que guardar, al menos, las apariencias. El ideal sería que, por ley, fuese imposible que ocurriera lo que hoy pasa. En todo caso, la mujer del César debe parecer honesta. El Partido Popular se ha enzarzado en un debate público sobre la presidencia de la Caja. Es de vergüenza ajena. Lo de menos es quien se empine con la mamandurria. Lo de más es que Rajoy está a los pies de los caballos con su autoridad cuestionada y comprometida. ¿Cómo se le ha podido ir de las manos un asunto tan delicado como éste? Debió tomar en su momento una decisión rotunda. No lo ha hecho y así le lucen las barbas, a las que Esperanza se ha subido con regocijo recental. Para la escandalizada opinión pública el órdago está claro: o gana Rajoy o gana Aguirre. Esa es la cuestión.

     Rodrigo Rato, mi querido Cristóbal Montoro, es un peso pesado de la economía internacional. Su presencia al frente de Caja Madrid sería una bendición para la entidad y para los madrileños. Pizarro y Guindos son nombres excelentes con categoría personal, honradez probada, larga experiencia. Los dos lo harían muy bien. Ignacio González, sin regatear una sola de sus cualidades personales, significaría, aparte el bofetón a Rajoy pues manos blancas sí ofenden, la politización descarada de la Caja. En el mundo económico, por otra parte, Rato es un acorazado, González, una piragua. “Mariano Rajoy, - escribía yo hace dos meses- puede hacer rayas en las aguas de la Caja madrileña, puede poner puertas al campo, puede ejercer esa ambigüedad merengosa que tanto irrita a la opinión pública, puede mantenerse en su adorada Babia…” pero, coño, Cristóbal, debió decidir a tiempo antes de que se organizase el follón. Y tiene que tomar ahora, de una vez por todas, una decisión y echar el telón de este espectáculo que desprestigia al PP, fragiliza a la Caja, deteriora la imagen del presidente del partido y entusiasma a Pepiño Blanco que se frota las manos de placer”.

     Hasta aquí la carta que dirigí a Montoro antes de que explosionara la entrevista a Cobo.



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