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La yihad aprieta (y II): Pakistán

Luis de la Corte Ibáñez
lunes 02 de noviembre de 2009, 20:47h
Junto al despunte terrorista escenificado en Irak, en un artículo anterior recordaba el atentado perpetrado el 28 de octubre cerca de un mercado de Peshawar, en Pakistán, que arrancó la vida a más de 90 personas. Ocho días antes eran atacadas una escuela femenina de la misma ciudad y la Universidad Islámica de Islamabad, en esa segunda ocasión produciendo siete muertes entre las que se incluyen la de dos terroristas suicidas. Antes aún, el 10 y el 15 de octubre, respectivamente, varias acciones terroristas tenían lugar en la provincia del Punjab, dirigidas contra militares y policías, destacando la audacia de un asalto a un acuartelamiento militar de Rawalpindi. En suma, hace ya casi un mes que la yihad también viene apretando fuerte en Pakistán. Para confirmarlo, cuando ya se había enviado la primera versión de este artículo, recibíamos la noticia de otras dos acciones letales protagonizadas por atacantes suicidas el día 2 con un balance de más de treinta víctimas mortales en Rawalpindi y al menos quince heridos en Lahore.

Aunque sus portavoces hayan negado públicamente su participación en la masacre de Peshawar, todo indica que los ataques de octubre y principios de noviembre han sido obra de Tehrik e Taliban (“Movimiento Talibán de Pakistán”). Este nombre fue adoptado en 2007 por un entramado de grupos radicales simpatizantes de los talibán afganos surgidos tres años atrás en las Provincias de la Frontera Noroeste (NWFP), donde parte de los miembros de Al Qaida lograron refugiarse tras escapar de Afganistán a finales de 2001. Gracias a sus contactos con madrasas (escuelas coránicas) de influencia deobandí y dos partidos políticos islamistas de profunda implantación en Pakistán (Jamiat-i-Islami y Jamiat-e-Ulema Islam), los líderes de Tehrik e Taliban han llegado a gozar de cierto respaldo comunitario. Desde su aparición el grupo ha librado diversas refriegas con las autoridades militares de Pakistán y ha promovido cientos de atentados suicidas en el país. Como ya comentamos en un artículo escrito para este periódico varios meses atrás (Af-Pak: perspectivas sombrías 17/05/2009), durante los primeros meses de 2009 las huestes de Tehrik e Taliban dieron impulso a una ofensiva que traspasará con creces su tradicional área de influencia hasta lograr aproximarse a cien kilómetros de la capital: Islamabad. La gravedad de aquella tendencia fue tal que motivó la respuesta más agresiva que las autoridades pakistaníes hubieran dirigido jamás contra ningún grupo islamista autóctono. La contraofensiva comenzó en el valle del Swat, el pasado mes de abril, y tras varios meses de actuaciones preliminares se ha extendido a Waziristán del Sur, la agencia tribal con mayor concentración de radicales de todo el país. El pasado agosto esa contraofensiva se cobró la vida de Baithulah Meshud, el más carismático líder de Tehrik e Taliban, muerto por un ataque de un avión no tripulado de Estados Unidos, lo cual revela al mismo tiempo el interés de este país en la campaña y la intensidad de ésta.

A estas alturas parece evidente que existe una clara conexión causal entre la presión a la que se está sometiendo a los talibán pakistaníes en las zonas tribales y los incidentes terroristas ocurridos en otras partes del país durante el mes de octubre. Seguramente apoyado en sus alianzas con las organizaciones yihadistas que operan en la región del Punjab, el nuevo líder Hakimullah Mehsud ha optado por elevar el coste de la campaña contrainsurgente de Waziristán mediante la multiplicación de ataques entre los que se incluirán objetivos blandos: instalaciones y espacios carentes de suficiente o ninguna protección oficial. El propósito perseguido por tales ataques es agotar los recursos de asistencia policial y obligar a las autoridades a imponer medidas excepcionales que paralicen el funcionamiento cotidiano de las ciudades, como la orden aplicada durante varios días en octubre para mantener cerradas escuelas y universidades en varias ciudades del país. Gracias a los efectos generados por esas interrupciones de la vida ordinaria, los talibán pakistaníes aspiran a forzar el fin de las hostilidades en Waziristán y establecer negociaciones que les permitan recuperar la autonomía de la que han venido disfrutando en las áreas tribales. Por consiguiente, habrá más atentados fuera de esas áreas y es muy probable que sus principales sufridores se encuentren entre la población civil. Que esos atentados logren su objetivo o fracasen dependerá de una variedad de circunstancias y factores. Entre otras consideraciones, habrá que observar como sigue evolucionando la opinión pública pakistaní: si se mantiene en la actual tendencia de empeoramiento en sus actitudes hacia los extremistas y si ello se traduce en un apoyo férreo y sostenido a la campaña de Waziristán o, por el contrario, en una demanda de nuevas medidas apaciguadoras. Y habrá que ver también hasta dónde llegan las capacidades de los contendientes: de los talibanes pakistaníes para seguir atentando fuera de Waziristán y resistiendo dentro, y la del ejército para mantenerse firme en su estrategia, actuar de forma unitaria y tomar el poder en la agencia tribal. Si ese resultado se demora mucho tiempo, la tentación para negociar se hará más intensa hasta hacer olvidar que todas las negociaciones previas resultaron fraudulentas y sólo sirvieron para reforzar a los talibanes pakistaníes. Pero pase lo que pase, convendría seguir atentos al proceso porque, en alguna medida, el caos de Pakistán podría acabar exportándose fuera y muy lejos de allí.
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