La magia de las ciudades subterráneas
miércoles 04 de noviembre de 2009, 19:31h
Pasear por ciertas ciudades cargadas de historia tiene casi tanto encanto como hacerlo por sus entrañas. No en vano, gran parte de los secretos de esas antiguas urbes residen en el subsuelo. París, por ejemplo, tuvo que cerrar durante mucho tiempo sus catacumbas, unas minas de sal romanas que en el siglo XVIII se convirtieron en cementerio, dada la saturación de los camposantos parisinos. Dicho cierre obedecía a la enorme curiosidad que despertaba -y aún despierta; hoy incluso hay visitas organizadas desde la Place Denfert-Rochereau- rondar por un lugar tan arcano. Bien es verdad que algunos edificios todavía conservan entradas secretas que comunican con las catacumbas, como el cercano hospital de San Vicente de Paul o el palacio de Luxemburgo. No lejos de allí, los alemanes acondicionaron una de las criptas como bunker durante la Segunda Guerra Mundial.
Algo parecido sucede en Berlín, donde también con motivo de dicha guerra se horadó el subsuelo para la construcción de refugios y lugares de reunión. No está abierta al público, pero una de las estaciones de metro más concurridas, Alexandreplatz, tiene una pequeña puerta por la que se accede a uno de las célebres construcciones del arquitecto del Reich, Albert Speer. Madrid también tiene su propia arquitectura subterránea bélica, bajo el Parque del Capricho. Allí fue donde la República instaló su puesto de mando, denominándolo “Posición Jaca”. Es poco conocido, pero merece la pena echarle un vistazo. Aunque puestos a citar lugares de interés bajo el suelo de la capital, resultaría infinitamente más gratificante que la leyenda del pasadizo entre San Francisco el Grande y el Palacio Real fuese cierta. Más que nada, porque la leyenda en cuestión alude a un canal subterráneo que comunicaría ambos lugares. Lástima que el corte de la calle Segovia de al traste con ello, pero lo que la realidad no puede enmascarar es la cantidad de galerías (una de ellas sale de la cripta de San Francisco el Grande, aunque se desconoce su destino final) que hay bajo el Madrid de los Austrias.
No son las únicas con un pasado glorioso. Qué decir de Jerusalén, donde bajo la Mezquita de Al-Aqsa discurren túneles excavados ya por los templarios, quienes casualmente erigieron su sala capitular sobre ellos. Realmente, dichos túneles recorren la práctica totalidad de los cimientos de la Ciudad Vieja, y no son pocos los que afirman aún puede encontrarse por aquellos pagos el famoso tesoro del Templo, jamás encontrado por los romanos. Y hablando del rey de Roma, allí aún existen los restos de la Cloaca Máxima, la primera red de alcantarillado mandada construir por Tarquinio Prisco, y a cuyas inmediaciones puede llegarse hoy desde la basílica Julia, en el Foro. También en la misma zona se enclavaban las lúgubres mazmorras donde estuvieron recluidos Vercingetórix o Yugurta, entre otros. Pero sin duda, mucho más romántico es lo que se esconde en las catacumbas de San Calixto: el altar con el que un obispo romano, de nombre Valentín, casaba en secreto a los antiguos cristianos. Y gastronómico es el uso que hoy se da a los bajos del antiguo Teatro de Pompeyo, parte de los cuales acogen hoy uno de los restaurantes con más encanto de la Ciudad Eterna. Por cierto, su “carboarana” es única.
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Abogado
ANTONIO HUALDE es abogado e investigador de la Fundación Ortega y Gasset
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