Carta al presidente Zapatero
miércoles 27 de febrero de 2008, 19:43h
Señor presidente,
Yo no sé si es esto o no lo que querías, pero ya sólo faltan las pistolas para cerrar el cuadro. Ver ayer a la que fue tu compañera de partido, Rosa Díez, ocultando sus ojos y arrancando a llorar en una universidad madrileña, me dejó dolido y profundamente avergonzado. Lo que no pudo hacer una banda terrorista con sus armas, lo han hecho un puñado de fanáticos de izquierdas perfectamente organizados -he ahí su pancarta de guerra- para las que su rector, Carlos Berzosa, ha extendido la bandera más sangrante de la impunidad. Lo mismo ocurrió hace unos días con las candidatas populares María San Gil y Dolors Nadal a manos de una mesnada iracunda de polluelos del nacionalismo más totalitario. Tal vez, como auguró el secretario de organización de tu partido, el viento amaine cuando concluyan unas elecciones infectadas desgraciadamente de ira y de rencor, pero lo que ya no podremos olvidar por más que lo intentemos algunos de los que en otro tiempo pudimos admirarte es tu alegre llamamiento a la tensión política para arrancar un puñado de votos de ese territorio antiguamente fértil y hoy desconcertado que es España, y que ahora tanto se parece, para nuestra desgracia, a la Florencia de Savonarola, el quemador de libros.
No seré yo quien ponga en cuarentena las grandes realizaciones sociales desarrolladas bajo tu gobierno, ni quien lance un entredicho sobre ti por el hecho de haberte equivocado al no anunciarnos a los españoles la crisis económica que se nos avecina después de una gestión de los recursos públicos que pudo ser mejor pero que para muchos –entre los que me cuento– era –tal vez– la única posible. Pero teniendo en tu mano la posibilidad de recomponer el consenso político que otros, antes que tú, no dudaron en romper al lanzarnos a una guerra de prestigio, decidiste quebrarlo definitivamente acabando el trabajo que otros comenzaron en el nombre de la sinrazón y la imprudencia.
Nadie duda de que tuvieras toda la legitimidad democrática para decidir atarte de manos con quienes nunca creyeron en nuestra Constitución para pactar un "cinturón sanitario" en torno a esa derecha que –nunca sabré por qué– consideraste siempre como una mala peste, pero convendría que meditaras –estás a tiempo aún– si merecía la pena que, por un puñado de votos, dieras alegremente orden de tañer las campanas de la ira, a cuyo son está moviendo sus peones el animal oscuro del totalitarismo que todos llevamos dentro. No debieras haberlo hecho, no debieras haber dado alas a la jauría, no debieras haberlas animado a abrir las fauces haciendo un llamamiento a la tensión que, por otros motivos bien distintos, abrió la puerta a tu mandato con una dantesca tragedia. Desde esa izquierda tranquila en que aprendí a vivir, he de decirte que tu pusilanimidad ante estos hechos me tiene profundamente avergonzado.
Señor presidente, me duele tener que recordártelo, pero has de parar esto hoy antes que mañana, y has de hacerlo con toda la energía de la ley que un día pusimos en tus manos todos y cada uno de los ciudadanos de este país, porque ya sólo faltan las pistolas para que se derrumbe definitivamente este edificio que con tanto esfuerzo supimos construir, y que a nadie conviene dejar tirado al pie de los caballos.
Ni siquiera por una victoria electoral.
En medio de la confusión, y sin más que decirte, me despido atentamente de ti.