Ciudadanos estudiantes
Martín-Miguel Rubio Esteban
viernes 06 de noviembre de 2009, 21:54h
Aplaudimos fervorosamente la propuesta del Ministro de Educación y Ciencia, Ángel Gabilondo, y de la Secretaria de Estado de Educación, Eva Almunia, de prolongar la educación de carácter obligatorio hasta los dieciocho años. Tiene pleno sentido que la edad en la que llegan a la mayoría de edad los ciudadanos españoles (Artículo 12 de nuestra Constitución) coincida con el último año de la escolaridad obligatoria. Cuantos más años pasen los ciudadanos en los centros educativos, más civilizada, más perfecta y más rica será la sociedad que configuran. Quienes definen a la educación obligatoria como un “internamiento forzoso a tiempo parcial” parecen ir en dirección contraria al rumbo que ha seguido siempre el progreso social en este punto. Desde la época de Antonio Gil y Zárate o de Claudio Moyano Samaniego, es decir, desde la época en que el Estado asume verdaderamente la función de garantizar a los ciudadanos, independientemente de sus circunstancias, el derecho a una educación básica y gratuita, no ha dejado de prolongarse la edad escolar obligatoria. Y éste sin duda ha sido uno de los factores que explican el progreso social, humanístico y científico de la sociedad española.
Por otro lado, la entrada al mundo laboral actual, la comprensión incluso trivial de nuestro complejo mundo, o sencillamente el acceso a la utilización de las tecnologías más básicas de nuestro tiempo, requieren sin duda un mayor tiempo de formación en los ámbitos escolares. Si las niñas romanas estudiaban desde los siete años hasta los trece, y los niños de los siete hasta los quince, en una sociedad efectivamente más simple y menos desarrollada que la nuestra, parece obvio considerar que nuestros jóvenes necesitan mucho mayor aporte de conocimientos que les permita participar activamente en la vida social, política, económica y cultural del país.
De hecho, en un mundo en el que se duplican los conocimientos de prácticamente todos los ámbitos cada cuatro años, se va haciendo cada día más urgente y perentoria la educación permanente de todos los ciudadanos, el perfil de estudiante vitalicio de todo ciudadano. Es así que la prolongación de la escolaridad obligatoria debe enmarcarse en el horizonte emergente de una apremiante educación permanente. La escuela nunca termina o, por lo menos, no podrá acabar jamás una constante educación no formal.
Ahora bien, resultaría un completo fracaso la prolongación de la escolaridad obligatoria si no fuera acompañada por un muy extenso, flexible y variegado abanico de itinerarios educativos que garantizasen una suficiente atención a la diversidad de todos los perfiles humanos que la inclusión educativa y la comprehensividad universal comporten.
A pesar de algunos indiscutibles lunares negros de la LOGSE, de 3 de octubre de 1990 ( v. gr. la omnipresente y dogmática metodología/didáctica/pedagogía constructivista, etc. ), presentada por Javier Solana, nadie puede hoy decir, sin embargo, que la prolongación escolar que supuso esta Ley Orgánica hasta los dieciséis años no haya favorecido inmensamente el desarrollo cultural de España ( me refiero al despliegue educativo de las masas, no de las elites, que han bajado desgraciadamente de nivel ). Aunque también hay que decir en honor a la verdad que ya la Ley General de Educación ( “Ley Villar Palasí” ), de 4 de agosto de 1970, estableció implícitamente la obligatoriedad escolar hasta los dieciséis años, al exigir la FP1 a los trabajadores menores de edad.
Utilizando palabras de Tocqueville, sacadas de su De la démocratie en Amérique, la educación obligatoria y comprehensiva hasta los dieciséis años crea sociedades “en las que no hay ignorantes ni sabios”. Es así que a la vez que el sistema público de educación eleva el nivel cultural de la totalidad social, también debe elevar y cultivar, en bien del bienestar de todos, el nivel de las elites intelectuales. Asegurar los viveros de los genios con el Presupuesto público no es incompatible – sino complementario – con la prolongación de la edad escolar del cuerpo cívico a expensas de los recursos públicos. No se nos ocurre inversión mejor.
Problema totalmente distinto a éste es la baja eficiencia de los últimos regidores de la Administración Educativa a tenor de los resultados académicos obtenidos de nuestros alumnos, el famoso informe PISA, etc. La verdad es que no hemos sabido conjugar la atención a la diversidad con la cultura del esfuerzo y la excelencia. Si además de eso se ha dinamitado la autoridad de los padres y se ha abandonado por completo el academicismo clásico – no el enciclopedismo del XVIII, que merecía enteramente ser enterrado – el de Quintiliano, el de Rabelais, el de Juan Luis Vives, acrisolado por siglos de experiencia docente, en aras de un constructivismo asilvestrado y montaraz, entonces las causas del fracaso escolar nos puedan parecer claras.
En resumen, un vivo “¡viva!” a la prolongación de la edad escolar, que lejos de encarcelar los primeros años de la juventud, liberará a ésta de la esclavitud y brutalidad propias de la ignorancia.
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Doctor en Filología Clásica
MARTÍN-MIGUEL RUBIO es escritor y catedrático de Latín
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