La caída del muro de Berlín: antes de la caída
lunes 09 de noviembre de 2009, 17:42h
El 3 de mayo de 1989 militares húngaros comenzaron a cortar las alambradas que separaban la frontera de Hungría con Austria y facilitar así la corriente de emigración hacia el oeste que en los meses anteriores había comenzado de manera imparable. Era el principio del fin de “Telón de acero”, levantado por el sistema totalitario soviético a finales de los años cuarenta. El símbolo para la posteridad de aquella “implosión” del comunismo europeo fue la caída del muro de Berlín, imagen viviente de la separación de ambos mundos, el de las democracias liberales de occidente y el de las “democracias” populares de la Europa del Este, organizadas como dictadura de facto de los respectivos Partidos Comunistas y bajo la tutela del Ejército Rojo.
A primera hora de la noche del 9 al 10 de noviembre de 1989 un joven teniente de Stasi, ante la gran avalancha de gente que deseaba pasar al Berlín oeste decidió, levantar la barrera del paso fronterizo que custodiaba. Así comenzó el hundimiento del Muro de Berlín. Los jerarcas del Politburó de la República Democrática de Alemania dormían y los responsables políticos de la República Federal de Alemania esperaban acontecimientos. Fue una victoria política espontánea de los berlineses de un lado y de otro del muro de la vergüenza, y así debe ser recordado.
En estos días, todos los medios de comunicación con sus mejores analistas y expertos metidos en faena, evocan aquellos acontecimientos con que terminó abruptamente el siglo XX, no sólo por la importancia de los hechos, pues a nadie se le escapó que la desmembración del Imperio soviético era una consecuencia del desmoronamiento del núcleo del poder, que había “implosionado” sin causa aparente, mecánica o intelectual, sino también porque ese hundimiento fue inesperado. La Historia, pongámosle la mayúscula de las grandes ocasiones, se movió a una velocidad endiablada, después de muchas décadas en que parecía la imagen congelada de un film que se hubiera atascado en el proyector.
En efecto, la historia se movió por cuenta propia y cogió a todo el mundo, en especial a la tribu de los “kremlinólogos”, mirando hacia otro sitio. ¿A todo el mundo? Mucho se ha hablado de que el hundimiento del sistema soviético no fue predicho por nadie. No es del todo cierto, aunque brillantes analistas como Isaiah Berlin juzgaran que el sistema podía durar indefinidamente. Hannah Arendt en sus reflexiones sobre la revolución húngara de 1956 y, de una manera casi “iluminada”, el disidente Andréi Amalrik en su profecía sobre que la URSS no sobreviviría a 1984, imaginaron el colapso del sistema soviético. Mirada la cuestión con la perspectiva de los 20 años transcurridos, lo que provoca asombro es que no fueran más los observadores que predijeran el hundimiento del sistema. Los análisis que revelaban la oculta debilidad del sistema soviético estaban disponibles. Mencionaré uno. Vaclav Havel en un notable ensayo titulado en su edición castellana “El poder de los sin poder” (Londres, 1979. Es importante la fecha de su primera edición), llevo a cabo, un lúcido análisis de lo que llamó “sistema postotalitarios”. Y los describe como extrañamente frágiles, fragilidad que se originaría en su propia voluntad de que nada escape al orden diseñado por la ideología. Todo debe ser como dice el partido que debe ser, lo que supone poner bajo control a la totalidad de la población, independientemente de sus ideas y preferencias políticas. El miedo y las necesidades de la vida en economías donde los bienes de consumo son escasos, garantizaban la colaboración de la inmensa mayoría de la sociedad. Pero no era bastante. El hecho de que sugieran acá y allá algunas personas disconformes con el modo de vida dictado desde el poder, aun cuando no se tratara de oposición política organizada, se convirtió de pronto en una amenaza. No estoy diciendo que los meros movimientos de disidencia que surgieron en la propia Rusia, en Polonia, Checoslovaquia y el resto de los países del telón de acero, amenazaran el equilibrio del imperio soviético. Pero la forma en que el poder reaccionó revela una extraña autoconciencia de su propia debilidad, que en Occidente nadie supo valorar, aunque en muchos lugares y países se apoyara y defendiera a los disidentes. El régimen construido sobre “la vida en la mentira”, como resumió de manera insuperable Havel, resultaba extrañamente vulnerable al propósito pre-político de vivir la propia vida como “vida en la verdad”, es decir, en un mínimo de libertad, sin plegarse a consignas.
Cuando los medios de comunicación dieron a entender que ya no era heroico dejar de vivir en la mentira, porque la policía secreta no te iba a interrogar de madrugada ni a expulsar a tus hijos de la universidad o a mandar al paro a tu mujer, ni a desterrarte o encarcelarte o asesinarte, entonces la gente salió a la calle y derribó el telón de acero. Fue una hermosa hazaña europea que bien merece la pena ser recordada. Pero sin el ejemplo que a lo largo de varias décadas, y con mucho sufrimiento, dieron los disidentes de que el hombre tiene que “vivir en la verdad” (Havel), muchos no habrían sabido qué hacer ni por qué hacerlo. Los disidentes descubrieron el lugar insustituible que la libertad ocupa en la vida humana, demostrando que aun la vida es menos que la libertad.
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Doctor en Filosofía
José Lasaga Medina es Catedrático de Filosofía.
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