De la caída del muro de Berlín al hundimiento de la URSS
Eugenio Bregolat
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eugeniobregolatgmailcom/15/15/21
martes 10 de noviembre de 2009, 19:46h
Al concluir la Segunda Guerra Mundial Stalin extendió el imperio zarista, siguiendo la estela de Pedro el Grande, hasta donde llegaron sus tanques. Media Europa fue sovietizada a la fuerza. Berlín 1.953, Budapest 1.956, Praga 1.968 dejaron constancia de que las nuevas provincias soviéticas rechazaban tanto el comunismo como el yugo de Moscú. Cuando Gorbachov decidió que los tanques soviéticos ya no acudirían en apoyo de los regímenes títeres de Europa Oriental se acabó allí el comunismo. Así de simple.
Si Gorbachov hubiese sido capaz de prever lo que iba a pasar y le hubiese puesto a Reagan sobre la mesa el desistimiento soviético, la renuncia a la “doctrina Brezner”, la liberación de los países sometidos por Stalin, es obvio que habría conseguido un compromiso formal de no ampliación de la OTAN, y posiblemente ayuda económica para encarrilar la transición de la economía planificada a la de mercado en Rusia.
Merkel y Kohl han reconocido estos días la deuda impagable que Alemania tiene con Gorbachov. En efecto, si él hubiese decidido emplear la fuerza nadie habría podido evitarlo. Ni el Muro habría caído entonces ni habría habido reunificación de Alemania cuando la hubo. Gorbachov se queja amargamente de que Kohl y Baker le engañaron, al prometerle que no se ampliaría la OTAN hacia el Este. Los rusos no acaban de entender la ingenuidad de Gorbachov, al no exigir que esta promesa se formalizara por escrito.
Tampoco entiende Rusia que a la disolución del Pacto de Varsovia no siguiera la de la OTAN, para dar paso a una nueva estructura de seguridad en Europa, la “casa común europea” que pedía Gorbachov. A una concesión gratuita, piensan, se contestó, al incluir a los antiguos aliados soviéticos en la OTAN, con una bofetada. Gorbachov, arrollado por los acontecimientos, fue incapaz de exigir a Estados Unidos y a la OTAN una negociación formal sobre un nuevo marco de seguridad europea.
El sucesor de Gorbachov, Yeltsin, dominado por el odio hacia aquél, cometió una serie de despropósitos. Empezó por proclamar la independencia de Rusia respecto a la URSS, lo cual equivalía a abrir la puerta a las demás repúblicas para que dejaran la federación. Luego, en el acuerdo de Bieloviezhsk, junto a los presidentes de Ucrania y Bielorrusia, liquidó la propia URSS, eliminando así políticamente a su presidente, Gorbachov. Yeltsin creyó, ingenuamente, que mantendría, con otro nombre, algo parecido a la URSS. Las repúblicas soviéticas no arrancaron su independencia a Moscú, ni siquiera la pedían. Y todos los dirigentes occidentales eran partidarios de la conservación de la URSS, convencidos de que el intento de disolverla llevaría a un baño de sangre. El primer Bush llegó a exhortar al parlamento ucraniano, en el famoso discurso conocido como “chiken Kiev”, a que no intentara abandonar la URSS. Gorbachov dice que no se opuso al acuerdo de Bieloviezhsk para evitar el derramamiento de sangre. Putin considera la desintegración de la URSS el principal desastre geopolítico del siglo pasado. La gran mayoría de los rusos rechazan la liquidación del imperio de los zares. ¿Qué habría sido de los Estados Unidos si Lincoln hubiese querido evitar a toda costa el derramamiento de sangre?.
Rusia ha aceptado la disolución del Pacto de Varsovia, pero no acaba de resignarse al fin de la URSS y a la ampliación de la OTAN, no sólo a los antiguos miembros del Pacto de Varsovia, sino a varias ex Repúblicas soviéticas, con algunas más en la sala de espera. La expresión “extranjero próximo” significa “soberanía limitada”, finlandización”. Los errores de unos y otros han llevado, en conclusión, a una Rusia resentida que ve a Occidente con gran desconfianza. La película iniciada con la caída del Muro todavía no ha terminado.
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Ex-embajador de España en China y Rusia
Eugenio Bregolat Obiols es embajador de España en el Principado de Andorra.
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