La lacra de la violencia de género
viernes 13 de noviembre de 2009, 02:03h
Los juzgados de la localidad madrileña de Getafe acogían ayer la vista pública del caso de la agresión sufrida por el profesor Jesús Neira al terciar en una discusión de pareja. El agresor en cuestión propinó una brutal paliza a Neira, que a punto estuvo de costarle la vida, mientras que la presunta víctima de los malos tratos ofrecía un deplorable espectáculo yendo de plató en plató para lucrarse a costa del altruismo de un buen hombre. Nada sorprende ya de la bajeza moral de unos programas cuyo objetivo es ver quién es capaz de superar el altísimo listón de la zafiedad, por las nubes desde la irrupción de la llamada “telebasura”. Pero por encima de tan ruines consideraciones, está el hecho de que una lacra como la violencia de género parece ir aumentando y, según datos del Ministerio de Igualdad, con más intensidad entre los jóvenes.
Tiene razón -por una vez- Bibiana Aído cuando afirma que algo se habrá hecho mal en la educación de los jóvenes para que sea en este espectro social donde mayor es la virulencia de estos casos. No cabe duda de que una educación en valores y en la que prime el esfuerzo por encima de la permisividad y la facilidad a la hora de conseguir cualquier cosa sería de gran ayuda. Pero para ello es imprescindible el impulso político. Por un lado, potenciando el concepto de autoridad en las aulas y dejando de premiar la ley del mínimo esfuerzo a la hora de pasar curso. Si los hombres de mañana se educan en un ambiente en el que todo vale y donde saben que pueden hacer lo que les venga en gana porque las sanciones serán mínimas, el resultado será desolador.
Por otro lado, la gravedad de una muerte violenta es la que es, con independencia del grado de unión que medie entre víctima y agresor. Ello viene a colación del proyecto del Gobierno según el cual haber consumido drogas o alcohol en el momento de cometer un delito violento pasaría a considerarse como agravante en lugar de atenuante, como hasta ahora. La idea es buena, siempre y cuando no quede únicamente en el ámbito de la violencia de género y sea extrapolable a otros delitos. Caso contrario, podría pasar que el asesino confeso de su cónyuge y un vecino obtenga una condena más dura en el primero de los casos, cuando ambos son igual de execrables. Bien haría el Gobierno en legislar con cabeza tratándose de un asunto tan delicado. Es verdad que Moncloa no puede impedir los malos tratos ni la gestación de posibles maltratadotes, pero sí tiene en su mano construir un sistema educativo basado en la responsabilidad y arbitrar mecanismos jurídicos para que quien la hace la pague. Cuanto antes, mejor.