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Un gobierno que todo lo sabe

jueves 19 de noviembre de 2009, 19:59h
El Gobierno ha salido en tromba para asegurar que el éxito de la liberación de los tripulantes del buque Alakrana confirma que “lo han hecho muy bien”. Es cierto que los políticos nunca necesitan llamar a la abuela para autoerigirse como medallistas olímpicos, pero a veces se pasan con el botafumeiro perfumado. Quizás les convenga la lectura de la biografía de alguno de los grandes nombres de la historia como Tiziano quien, a los noventa años, contemplando su última obra exclamó: “¡Por fin he aprendido a pintar!”.

Tanta humildad abruma sobre todo a quienes, como los gobernantes ejercientes, nacen ya aprendidos y, en su soberbia, declaran con absoluto desparpajo que todo lo saben y que el resto está equivocado y además tiene mala fe por dudar de lo buenos y magníficos que son. ¡Dónde queda el pobre Sócrates y su confesión de “sólo sé que no sé nada!”.

Artistas, filósofos ¿quiénes son?. Unos pobres diablos que, como el resto de la ciudadanía, deben postrarse ante la sabiduría universal que atesoran nuestros gobernantes, auténticos hombres y mujeres del Renacimiento que todo lo dominan. No merecen ni un ápice de crítica pues ésta es siempre manifestación de una enfermiza deslealtad. Pero no sólo no comprenden que algunos pertinaces y desalmados oponentes les critiquen sino que, incluso, no les quieran cuando tanto sacrificio desinteresado demuestran día a día. Ante su entrega incondicional les contestan de esta manera tan injusta.

Desde extremos ideológicos se coincide en que uno de los signos inequívocos de la sociedad contemporánea es el fin de las ideologías de las que la inmensa mayoría de los ciudadanos desconfían. Las banderías son ámbito reservado a los propios, a los cuatro convencidos que, además, viven de las mismas. Los ciudadanos son mucho más abiertos y se mueven en círculos notablemente más amplios que los catecismos del trágala. Y los ciudadanos demandan buenos gestores, eficaces administradores de la cosa pública.

Puede que las ideologías estén bastante tocadas, pero no así los principios y valores que deben regir una sociedad democrática avanzada. La postergación de los principios y valores porque todo lo justifica el fin es la muerte del Estado. Por ello los ciudadanos quieren que esos buenos gestores y eficaces administradores de la res publica no olviden que no todo vale y que los principios son irrenunciables y no matizables por oportunismos cuyunturales.
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