Liberalismo: más allá de las definiciones
Enrique Aguilar
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miércoles 25 de noviembre de 2009, 19:17h
El recordado sociólogo y diplomático brasilero José Guilherme Merquior atribuyó la dificultad de definir el liberalismo al hecho de tratarse de “un fenómeno histórico múltiple”, donde se ve reflejada “la diversidad de la historia moderna, tanto temprana como reciente”.
Entre otras opiniones afines, Hugh Brogan escribió también que el liberalismo se caracteriza ante todo por su condición paradójica. “… Es un credo con libros sagrados, nombres sagrados y una historia sagrada, pero sin una definición universalmente aceptable […] Para irritación de conservadores y socialistas, el liberalismo es como una cabra con una digestión excepcionalmente poderosa, que puede absorber casi todo dentro de sí, aun la crítica más mordaz. Sólo los abogados de la fuerza por la mera fuerza o de la supresión, por principio, de la libertad de pensamiento, han sido invariablemente rechazados por el consenso liberal”.
Sin embargo, no han faltado intentos de identificar entre las diferentes expresiones del liberalismo algunos rasgos distintivos. John Gray, por ejemplo, se refirió hace tiempo a esas “ramas separadas de un mismo linaje” al que serían inherentes el individualismo, el igualitarismo y el universalismo, vale decir, respectivamente, la afirmación de la primacía de la persona, el reconocimiento de que todos los hombres tienen el mismo status moral y la defensa de la unidad de la especie humana. Gray añadía un cuarto elemento común: la creencia en la posibilidad de mejoramiento de cualquier institución social.
Por mi parte, considero que hay un presupuesto básico que precede a cualquier intento de definición, a saber: la idea de que el poder tiene límites y que estos límites están trazados por los derechos individuales. El liberalismo es esencialmente eso: como diría Bobbio, “una doctrina del Estado limitado tanto con respecto a sus poderes como a sus funciones”.
Fácil de expresar, esta idea ha sido invariablemente ignorada por los poderosos. Se podrá discutir si los derechos individuales tienen o no origen en la naturaleza, si la observancia de los límites depende sólo de los diseños institucionales o también de factores culturales, y aun caben desacuerdos acerca de la posible distinción entre el liberalismo político y el liberalismo económico. Pero si se desconoce el presupuesto inicial, esto es, que el poder debe tener límites, su propia mecánica lo llevará siempre a transgredirlos.
La democracia contemporánea tiene resuelto un problema fundamental de la vida en sociedad, cual es el de saber quiénes deben gobernar. No exigimos ya la soberanía del pueblo, porque la tenemos y contamos con ella (aun cuando a veces no la hagamos valer). Sin embargo, la respuesta a este interrogante no es extensiva a este otro: ¿cómo sujetar a quienes nos gobiernan? Porque la legitimidad democrática es condición necesaria pero no suficiente para la libertad. Dicho en otros términos, un pueblo libre, colectivamente libre, puesto que elige a sus propios gobernantes y se da a sí mismo sus leyes, no es de suyo un pueblo de individuos libres en el sentido en que el liberalismo concibe la libertad, esto es, como libertad no en sino frente al Estado.
Isaiah Berlin decía que muchos hombres han preferido “la paz de la cárcel, una seguridad satisfecha, y una sensación de haber encontrado por fin su puesto adecuado en el cosmos, a los dolorosos conflictos y perplejidades de la desordenada libertad del mundo”. Creo que estas palabras continúan siendo tan válidas como cuando se escribieron y justifican la importancia de reivindicar el liberalismo esencial, más allá de las definiciones.
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Politólogo
ENRIQUE AGUILAR es director del Instituto de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Universidad Católica Argentina
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