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La patria socialista

jueves 26 de noviembre de 2009, 17:36h
Cuatro mil socialistas se reunieron el domingo en Madrid para felicitarse por la marcha del país, presumir de su gestión de los asuntos públicos y darse nuevas energías para continuar por la senda del éxito. Entre ellos, José Antonio Griñán, presidente de la Junta de Andalucía.

Griñán es un hombre discreto, mucho más que la mayoría de sus compañeros de causa. Oyéndole hablar uno tiene la impresión de que la inteligencia no ha desaparecido totalmente del escenario público. Sabe lo que dice y lo dice bien. Incluso en los mítines, donde los políticos están obligados a proferir sandeces tremendas, logra mantener cierto equilibrio. Yo sólo le he visto perder los papeles en algún rifirrafe parlamentario, hecho que no le reprocho, pues el cuerpo a cuerpo entre los políticos españoles suele ser, por desgracia, de una bellaquería infamante.

Griñan ha dicho en el palacio de congresos de Madrid dos cosas que vale la pena destacar. Una de ellas es una necedad, la clásica frase huera para enardecer a un público que se enardecería con cualquier otra sencillamente porque no es un público, sino parte del reparto: “hemos universalizado la educación y ahora vamos a universalizar el éxito”. Como el lector sabe que el éxito sólo se podría universalizar suprimiendo el concepto de fracaso (propósito que recuerda al de resolver los problemas económicos aboliendo la propiedad privada), y no ignora tampoco que la persona que ha expuesto esta promesa preside una comunidad que ocupa las últimas posiciones europeas en todos los informes que se han realizado sobre materia educativa, con índices de fracaso sin parangón en el mundo desarrollado, podemos ahorrarnos el comentario.

Mucho más relevante es la otra perla del discurso: “la educación es la patria del socialismo”. Esta frase no es una simple consigna política ni tampoco una ocurrencia de circunstancias. Griñán ya la empleó la semana pasada en Huelva ante algunos maestros adictos al régimen y si ha vuelto a repetirla es porque está convencido de decir algo muy serio. Y lo es, desde luego, porque bajo esta afirmación subyace una idea absolutamente descorazonadora para quienes todavía sueñan con una reforma del sistema educativo: la identificación del socialismo con la educación.

Repasemos el argumento. Si la patria no es una realidad, sino un ideal, y el ideal (la educación, concebida de acuerdo con el modelo vigente) es el fin de nuestro sistema educativo, entonces el éxito de éste radica en alcanzar ese ideal, o sea, en conseguir que todos los españoles compartan el sistema de valores del socialismo. ¿Todos? Bueno, tal vez no todos. Aquellos que puedan costearse una enseñanza alternativa, en colegios de pago o en centros religiosos, seguirán flirteando con otros ideales. El resto, en la medida en que la educación es un bien público, gestionado por los representantes del pueblo, no por la conciencia privada del ciudadano, tendrán a la fuerza que asimilarlos, máxime cuando se promete para el futuro -¡pobres profesores!- nada más y nada menos que la universalización del éxito.

No cabe ser más claro Quien no sea capaz de ver ahora por qué la pedagogía en vigor supedita el conocimiento de las ciencias y de la tradición a ciertos valores previos, alfa y omega del actual modelo educativo, es porque no quiere verlo.

¿Qué posibilidades existen en este contexto de un gran pacto de Estado sobre la educación? Ninguno. Los sectores católicos difícilmente aceptarán que la meta suprema de la educación sean los ideales y valores que los socialistas identifican con su patria. Tampoco creo que los liberales comulguen con dicho sistema de valores, pues para ellos la educación no es un bien público, sino privado, cuyo fin es la libertad de pensamiento, algo que concuerda mal con la existencia de valores previamente fijados. Es posible, sin embargo, que unos y otros cedan sin resistencia la educación pública al plan socialista (los colegios de pago se han beneficiado no poco del giro que ésta ha dado) y, al final, todos felices y contentos. ¿Todos? Bueno, quizá no todos, aunque estos tendrán siempre la posibilidad de volverse filósofos, una gente de la que dijo Aristóteles que son como extranjeros en su propia patria.
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