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La pérdida de la inocencia

Mariana Urquijo Reguera
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lacajadelostruenosyahooes/18/18/24
lunes 30 de noviembre de 2009, 20:17h
A veces en al filosofía se describe la Ilustración como un periodo de sobrevaloración de la razón que gracias a su ejercicio sistemático produce la visión de un mundo despojado de la religión cristiana, de sus prejuicios, de sus dependencias y de su moral de esclavos. Un mundo en el que cada individuo tiene que tomar las riendas de su vida y guiarse por su razón, siendo mayor de edad y dejando la inocencia atrás, despertar del mal sueño y responsabilizarse de su propio destino.

Uno de los problemas de este proyecto ilustrado es el planteamiento individualista. Ya que cuando el grupo ya no te acoge bajo su burbuja comienza un viaje poco agradable y de consecuencias incalculables. Comienza el viaje hacia el desencanto, la pérdida de la inocencia según dicen, que debe llevarnos a reconocer las dificultades de la realidad y a la verdadera naturaleza humana. Viaje idéntico se produce en cada generación cuando se pasa de la niñez a la edad adulta, a la mayoría autosuficiente, cruel destino.

Pues la pérdida de la inocencia significa aceptar que la realidad es fea y que los humanos somos malos, que no se puede pretender un mundo ideal, de algodón y rosas como el que se vive y se piensa cuando se es inocente.

Pero inocente también es el que no es malo, el que, todavía, no ha hecho maldad alguna, porque ni siquiera la concibe.

Así la inocencia es tanto una bondad en el mirar y en el pensar como en el actuar. Y también es un estado que se produce fundamentalmente cuando un individuo todavía no es tal, cuando es un poco él, un poco el grupo, y un poco de cada uno del grupo.

La pérdida de la inocencia es aceptar que el hombre es un lobo para el hombre, que las utopías no existen y que las relaciones humanas, una vez perdida la inocencia, no volverán nunca más a ser plenas.

Cuando la esfera inicial de la inocencia se rompe, cuando la burbuja se quiebra, el amor pleno y la entrega se alejan. Puede ser que se vayan para no volver o que se puedan volver a construir, burbujas de amor más pequeñas pero también más conscientes y queridas.

Ojalá nuestra sociedad no tuviera tan asumido que la inocencia es un sueño y que su pérdida es una entrada en la realidad. Ojalá nuestra concepción de la realidad humana y social fuera otra más colectivista, menos competitiva y más amorosa, porque yo, sigo sin resignarme a perder la inocencia.

Mariana Urquijo Reguera

Filósofa, profesora e investigadora.

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