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¿Berlusconi mafioso?

domingo 06 de diciembre de 2009, 11:08h
El pasado viernes, el arrepentido Gaspare Spatuzza, con fuerte acento siciliano, empezó a contar su verdad. El ex mafioso, autor de unas decenas de crímenes, se ha reconvertido en uno de los principales colaboradores de la Justicia italiana. Spatuzza ha acusado a Berlusconi y a Dell’Utri, su intimo, de colusión y cooperación con la Mafia. Contó que, según le dijo Giuseppe Graviano, boss de Cosa Nostra, “el hombre de Canale 5 (léase Berlusconi)” él garantizaba que el país estaba en las manos de la Mafia. El trato era muy simple: la Mafia habría favorecido el glorioso ascenso en política del Cavaliere a cambio que él se comprometiese a mejorar las condiciones penitenciarias de los mafiosos una vez llegado al poder. Spatuzza ha confesado su conversión en el Camino de Damasco (léase, la prisión de L’Aquila, donde vive en régimen de absoluto aislamiento), su acercamiento a Dios (“un camino muy hermoso y doloroso a la vez”) y la consiguiente necesidad de “purgar sus pecados, contando su verdad”. Confiesa de haber tardado tanto en hablar por miedo.

Y, ¿de qué se preocupa Berlusconi? No tanto de defenderse, acostumbrado a atacar, como de declarar de que de esta manera se “sputtana il paese, si fa una brutta figura”, mostrando enfado por la presencia de periodistas extranjeros en el Tribunal. Los trapos sucios se lavan en casa como afirmó indignado Giulio Andreotti al ver la película “Ladrón de bicicletas” del grande Vittorio de Sica. Cabe recordar que, días antes, había ironizado diciendo, ante un grupo sonriente de jóvenes de su partido en Cerdeña que: “si encuentro a los que han filmado los nuevos episodios de “La Piovra” (serie italiana sobre la Mafia) y a los que escriben libros sobre la mafia, los estrangulo”. ¿Cómo? Vaya forma de desdramatizar. Esta vez, Berlusconi debería pensar ponderadamente en su defensa, en desmontar las acusaciones y demostrar ser ajeno a los graves hechos mencionados. Y, cabe la pena esperar que su defensa se realice en las sedes oportunas, es decir, los Tribunales, el Parlamento y no en las tribunas televisivas o en el “Porta a Porta”.

Pero ahora, el país parece en estado de shock, cuando creía terminada la temporada del “andreottismo”, de los pactos mafia-Estado. Sin embargo, no hay que llegar a conclusiones precipitadas: el jefe de gobierno cuenta con la presunción de inocencia hasta que no se corroboran los hechos, que los jueces no confirmen que se trata de verdades o acusaciones falsas. Tal como establecido por el código penal italiano, la calumnia representa un delito y, en caso de que las acusaciones resulten falsas, Berlusconi tiene todo el derecho de querellarse contra quien le imputa estas inculpaciones. Por eso, Berlusconi debe contar con la posibilidad de defenderse con todos los medios legales, respectando las reglas del Estado de Derecho, normas validas en el interés de cualquier ciudadano. Lamentablemente, su historial judicial y el ejemplo ofrecido con el caso Mills no permiten gran optimismo, ya que su manifiesto intento de manipular la ley, crearse leyes ad personam, garantes de su inmunidad han mostrado una cierta alergia-incapacidad de acudir a los tribunales. Esta vez, Berlusconi debe demostrar que quiere defenderse de estas acusaciones infamantes por los cauces legales, como una democracia exige. Está en juego la credibilidad del país y, por lo tanto, cabe esperar una asunción de responsabilidad de parte de la entera sociedad civil y, sobre todo, de quien la representa: es deber de los jueces investigar detalladamente estas acusaciones, mientras la oposición debe evitar instrumentalizar políticamente el asunto y Berlusconi defenderse por la vía legal. Eso sería lo correcto.
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