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Los frutos del buenísimo

lunes 07 de diciembre de 2009, 22:00h
Últimamente Moratinos no gana para sustos ni para humillaciones. La bofetada diplomática que Marruecos acaba de propinar en su cara a España –a propósito del asunto de la señora Haidar- es sólo la última consecuencia, por el momento, de la larga serie de pifias y patinazos que caracterizan a la política exterior del tándem Zapatero-Moratinos. Marruecos le tiene tomada la medida a este equipo de gobierno desde que, todavía en la oposición, Zapatero hizo una intempestiva visita al reino alauita y se dejó fotografiar bajo un mapa que dibujaba como territorios marroquíes a Ceuta, Melilla y las Canarias. Y en la política internacional ya se sabe que todo se apunta, nada se olvida y las meteduras de patas se acaban pagando, antes o después. La clave de todo está en la renuncia de este Gobierno a defender con dignidad los intereses nacionales. La proclividad natural de estos dirigentes socialistas es decirle a cada interlocutor extranjero lo que le gusta oír, evitando siempre cualquier cuestión espinosa que pudiera hacer fruncir el ceño al de enfrente. Es una política de “rendición preventiva” que hacer creer al otro que “todo el campo es orégano”. Se parte de la convicción de que “el buen rollito” lo arregla todo y de que en el marco de esa genial intuición que es la Alianza de Civilizaciones se llega siempre a “soluciones”. Es una diplomacia que carece de cualquier atisbo de realismo, pero a la que tampoco se la puede calificar de idealista sino, más bien, de “tontorrona”. En eso consiste el buenismo. Una actitud cuyo resultado lógico es el de recibir, una y otra vez, patadas en salva sea la parte.

Esa ha sido la actitud de este Gobierno ante el complicado problema del Sahara Occidental, en el que España tiene tanta responsabilidad como antigua potencia colonial. Sin ningún rebozo, estos teóricos forofos de la legalidad internacional -concepto con el que se les llena la boca una y otra vez- han dado de lado la tradicional posición mantenida por Naciones Unidas ante esta cuestión, cuyo centro de gravedad es la autodeterminación del pueblo saharaui, y se han pasado sin armas pero con bagajes a la posición marroquí que se arroga una soberanía sobre el debatido territorio que no reconocen ni las propias Naciones Unidas ni el Tribunal Internacional de La Haya. Las conversaciones entre “las partes” auspiciadas por el Consejo de Seguridad no han dado hasta ahora resultados y sólo esos “optimistas antropológicos” que ahora gobiernan España pueden esperar que en un futuro próximo se pueda llegar a acuerdos razonables y viables. Da toda la impresión de que nos hallamos ante un problema que, como el palestino-israelí y salvadas todas las obvias diferencias, se prolongará en el tiempo sin encontrar salida fácil. Máxime teniendo en cuenta que otro país vecino, Argelia, está muy implicado en la cuestión, de modo que no es simple problema interior marroquí, como pretende Rabat, sino que está en juego la estabilidad de toda la zona. Lo peor de todo es la situación de los saharauis, tanto de los que viven en los campos de refugiados como de los que soportan una ocupación que para ellos es extranjera. A Haidar no se la puede descalificar diciendo que es una activista –activismo al que tiene todo el derecho- sin añadir que es víctima de una situación no reconocida por el Derecho internacional.

Marruecos es una prioridad de la política exterior española y, sin ninguna duda, hay que hacer esfuerzos para que las relaciones bilaterales sean excelentes. Pero en ningún caso es admisible que se oculten o se disimulen los legítimos intereses españoles que de una manera franca y directa –como se suele decir en lenguaje diplomático- deben estar siempre encima de la mesa. No serían de recibo, por ejemplo, equívocos en torno a la españolidad de Ceuta y Melilla, suicidamente promovidos a veces en el entorno inmediato del Gobierno. Con la política exterior actual no es ninguna elucubración exagerada afirmar que los gendarmes marroquíes se habrían quedado en el islote de Perejil. En el marco del buenismo sería inconcebible aquella modesta pero efectiva operación de desalojo que sólo perseguía restablecer el status quo ante. Es notable señalar que, después del incidente, las relaciones hispano-marroquíes se intensificaron hasta el punto de que se ha podido escribir que “era difícil encontrar otra etapa de tan intensos contactos entre los dos países”. La cumbre de Marraquech, en diciembre de 2003, todavía con Aznar en La Momcloa, certificó el buen entendimiento entre los dos países, aunque las reticencias marroquíes nunca desaparecieron del todo. Pero la lección de aquella etapa es que son siempre mejores las relaciones diplomáticas cuando, con toda lealtad, un país actúa seguro de sí mismo y de sus derechos. Cuando, por el contrario, se navega ambiguamente en el mar de los equívocos, se hacen falsos guiños de entendimiento o se practica el “uso alternativo” de las propias leyes o de la legalidad internacional se pierde fiabilidad y se expone uno a continuas tomaduras de pelo. Este postrero corte de mangas de Marruecos es el fruto de esa política exterior de “rendición preventiva” que practica este Gobierno.
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