Marvao, nido de águilas
viernes 11 de diciembre de 2009, 20:24h
La región del Alto Alentejo deja atrás las inmensas y secas llanuras sureñas y se empina en verdes colinas y transforma en bellos montes. Un lugar hermoso y con encanto. Zona de frontera, de guerras seculares, la comarca está moteada de castillos defensivos, de fortalezas militares que otean la desaparecida frontera hispano-portuguesa como antes acechaban al viejo enemigo.
En la raya de Portugal, fortificada desde la Edad media, en los alrededores del Parque Natural da Serra de Sao Mamede, de excepcional belleza, los pequeños enclaves que formaban una frontera difícil, una defensa irrompible, de cerco inexpugnable, son ciudades que han dejado de reunir hoy la doble condición defensiva y fronteriza, pero que todavía conservan nombres tan sonoros y antiguos como Portoalegre, Castelo de Vide, Povoa y Marvao.
Si se entra a Portugal desde Valencia de Alcántara, con su maravillosa judería, la primera ciudad que se encuentra el viajero 13 kilómetros más allá es Marvao. Desde Partegem, en el llano, una estrecha carretera asciende durante un par de kilómetros hasta topar con las primeras rampas de la muralla. Marvao recibe como un nido de águilas inexpugnable. Marvao es una encantadora villa medieval que data del periodo romano. En el siglo X era un enclave árabe. El primer rey portugués D. Afonso Henriques la conquistó en el siglo XI y D. Dinis, en el siglo XIV, se apoderó de la fortaleza y fijó la frontera con Castilla.
Se levanta a más de 800 metros de altura sobre un roquedo. Una auténtica atalaya, un verdadero e inexpugnable nido de águilas, lo que le proporciona una excepcional situación geográfica. Desde el punto de vista histórico y militar siempre fue una fortificación estratégica, eficaz refugio, punto de observación y vigilancia ya que domina claramente la segunda vía en importancia de entrada de los ejércitos españoles en el país vecino. Dado que los enfrentamientos bélicos entre ambos países pasaron a la historia hace ya tiempo, y ahora somos amigos y socios, Marvao ha cambiado la soldadesca por los batallones de turistas que acuden en masa para visitar la hermosa ciudad, un lugar lleno de quietud y encanto, que parece parado en el medioevo, como si en sus calles empedradas todavía resonasen las mesnadas del rey Don Dinnis.
Dentro de las murallas, empinadas y estrechas calles de blanca arquitectura serpentean y llevan al barrio alto donde permanece impertérrito el castillo. Un eficaz refugio, un castillo roquedo inaccesible, nunca conquistado. El imponente castillo, con sus dimensiones gigantescas, empezó a construirse en la época de la reconquista. Es un muestrario de estilos y un singular elemento del patrimonio de la arquitectura militar. Quedan muros en los que se contempla una puerta románica o se conserva una cisterna medieval gifgantesca. Don Dinis mandó restaurar el castillo en el siglo XIV, en el que sobresale la Torre del homenaje. Entre 1641 y 1668, durante la Guerra de Restauración, el castillo fue abaluartado en las zonas más sensibles y se transformó en fortaleza, desempeñando un importante papel en defensa de la región del Alto Tejo. Las últimas modificaciones se llevaron a cabo en 1.828.
En Marvao, con su arquitectura blanca, entre su muralla del siglo XIII y sus calles empedradas sobresalen las casas construidas en los siglos XVI y XVII o el rico legado patrimonial y artístico que atesora la villa portuguesa. Además de la fortaleza militar, Marvao ha ido acumulando una serie de monumentos también bellos e interesantes. En medio de la plaza del ayuntamiento antiguo, en el centro de la ciudad, se levanta el pelourhino, conocido en España como rollo donde se ajusticiaban a los condenados, construido en el hermoso estilo manuelino, el mismo estilo, tan característico del arte portugués de finales del siglo XV, que exhibe también el crucero localizado al lado de la iglesia de Nuestra Señora de la Estrella. Otras iglesias que merecen una visita son la de Santa María, construida en 1321 por la Orden del Hospital que más tarde pasó a la Orden de malta, la misma trayectoria que siguió la de Santiago, también gótica del siglo XIV, o la del Espiritu Santo, renacentista y vinculada a la Casa de Misericordia.
Un punto final artístico que pone la cercana ciudad romana de Ammaia y el puente de Quinhentista del siglo XVII y un hermoso final natural que impone la fuerza de la naturaleza y la exuberante vegetación del Parque Natural da Serra de Sao Mamede con sus sus bosques de pinos y su excepcional belleza.
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Periodista
Isabel Sagüés es periodista y MBA en Administraciones Públicas y Master en Comunidades. Ha dirigido entre otras entidades culturales sin ánimo de lucro la Fundación Canalejas y la Fundación ICO
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