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reseña

Charlotte Roche: Zonas húmedas

viernes 11 de diciembre de 2009, 20:40h
Charlotte Roche: Zonas húmedas. Traducción de Richard Gross. Anagrama. Barcelona, 2009. 208 páginas. 16 €
Advertencia número uno: escrupulosos o personas de estómago débil absténganse, porque Zonas húmedas es un relato extremo, sucio y peludo sobre las realidades más cotidianas y, a la vez, vergonzantes que rodean a nuestro cuerpo. Una oda al pedo, al culo, a los flujos y excreciones de toda índole; al sexo literal, ése que huele y hace ruidos; a las bacterias y a esos aromas que cada día sepultamos bajo capas de desodorantes, perfumes y jabones.

Una novela que nos enfrenta a nuestras miserias corporales para celebrarlas, rendirles pleitesía y reivindicar su valor. Porque desde la primera hasta la última página, caminamos de la mano de Helen, la adolescente protagonista, por un submundo mucoso, pegajoso y oloroso, de tampones caseros reutilizables, prostitutas más tímidas que su joven clienta y bajos fondos de toda clase.

Con esta historia-confesión, narrada desde la cama de un hospital en la que Helen convalece víctima de una fisura anal producida mientras se depilaba, la autora se atreve con el mayor de los tabúes humanos: el CUERPO con mayúsculas. La protagonista del libro está embelesada con su cuerpo, con sus orificios, con sus secreciones, con esa vida parda, sucia y auténtica, que se manifiesta gloriosa en cada moco, en cada gota de sudor, en cada una de esas lágrimas que guarda en un vasito junto a su cama de enferma.

Es preciso advertir que ciertos pasajes del libro pueden provocar literalmente arcadas: tal es la imaginación que le echa Helen a la hora de sacar partido a sus propios fluidos y la crudeza con la que estos juegos son narrados en el libro. Sin embargo, también es cierto que la autora consigue enganchar al lector que, entre la nebulosa de pus, heces, sangre menstrual y semen, siente que hay algo tierno e incluso comprensible en las extremas aficiones de la protagonista.

Porque el punto clave que convierte a Zonas húmedas en algo más que la versión extremada de la pandilla basura, es que no deja de ser un canto a la vida, a la naturaleza humana, a ese yo animal que tratamos de esconder en un mundo plastificado y deshumanizado. Porque la imperfección, el pelo, el sudor, la sangre, el pis, la saliva…, no son sino parte ineludible de esa vida que pretendemos envasar al vacío.

Por Regina Martínez Idarreta

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