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Esta Navidad, sin regalos

sábado 12 de diciembre de 2009, 17:56h
Una asignación eficiente y apropiada de los recursos humanos y materiales es una de las claves para una economía de éxito (el fracaso de esta medida fue uno de los motivos del colapso del comunismo) y las fiestas de Navidad, que celebramos desde hace siglos, es, por encima de todas las demás, la costumbre más manirrota en esta asignación de recursos.

En mi familia tengo fama de ser una especie de Scrooge en Navidades (Ebenezer Scrooge es el conocido avaro al que tanto disgusta la Navidad, que protagonizó la novela de Charles Dickens Cuento de Navidad publicada por primera vez en 1843), y por ello me ha causado una grata sorpresa leer un intrigante y estimulante libro: “Scroogeonomics: Por qué no tiene que comprar regalos de Navidad” de Joel Waldfogel, de la estadounidense Wharton School de la Universidad de Pennsylvania y publicado por Princeton University Press.

Cuando compramos para nosotros, dice Waldfogel, cada dólar que gastamos produce al menos un dólar de satisfacción, porque lo hacemos con cuidado y adquirimos lo que realmente queremos. Regalar es diferente. Hacemos peores selecciones al comprar regalos para otros que ellos no se comprarían (ni querrían), a menudo adeudándonos con nuestras tarjetas de crédito y dejando a los receptores de los presentes bastante poco contentos, creando lo que los economistas llaman “deadweight loss” (el coste creado a la sociedad por la ineficacia del mercado). La portada del libro muestra a una niña sentada en un gran regalo de Navidad llorando, claramente decepcionada por no recibir lo que ella deseaba. La mayoría de nosotros recibimos regalos que no queremos –otro par de calcetines, un jersey o corbata de un color que nos disgusta, un libro que no tenemos intención de leer-.

Según una encuesta dirigida por Deloitte Touche, los entrevistados planearon comprar 23 regalos para sus familias, amigos y otros conocidos para Navidad y otras fiestas. El gasto en el regalo en el mundo suma muchos cientos de billones de euros cada año y se malgasta una gran proporción de ese dinero, principalmente en Navidades cuando se hace la mayor parte de las ventas del año. Y la preparación de Navidades parece comenzar antes cada año –me dejó perplejo descubrir un cartel bien evidente en un restaurante cerca de Oxford, Inglaterra, anunciando su cena de Navidad en agosto –sí, agosto. Las madres en especial se pasan horas buscando el regalo ideal para sus seres queridos y a menudo se estresan por ello. La mayor parte de nosotros se deja llevar por esta corriente navideña y no se enfrenta a ella.

Desde luego que gastar más es bueno para la economía, especialmente en la crisis actual. Crea empleo y genera beneficios en las empresas pero, pregunta Waldfogel, ¿esto es necesariamente bueno para la sociedad? Y, ¿no hay una forma más eficaz de dar regalos? Waldfogel ofrece la fórmula para medir la ineficacia de la asignación mediante la entrega de regalos: la diferencia entre el beneficio (por ejemplo la satisfacción) de los regalos y cuánto estaremos dispuestos a pagar por ellos si tuviéramos que comprarlos nosotros y el beneficio de nuestras propias compras. Esta teoría, que él ha estudiado en encuestas, puede aplicarse también a los gobiernos y sus regalos, sean estos comida, sellos o, por ejemplo, becas.

Así que, ¿cuál es la solución? A menos de que uno encuentre el regalo ideal (un objeto elegido con detenimiento que encante a su receptor), la alternativa es el dinero, pero a la mayor parte de la gente no le gusta recibirlo en Navidad o en sus cumpleaños (sintiéndose ofendidos), a no ser que sean quinceañeros o se estén casando. Waldfogel sugiere otras alternativas: si somos verdaderamente altruistas, podemos calcular cuánto dinero nos vamos a gastar en regalos, donarlo a la caridad y no comprar regalos, o podemos regalar tarjetas – que especifiquen la cantidad que se puede gastar en una tienda en particular – o tarjetas de caridad – que dejan saber al receptor el dinero que se ha entregado a la caridad en su nombre –.

Tras la lectura de este libro ya sé que regalo le haré a un amigo – un ejemplar del mismo – y sé también que le gustará, así que en este caso este recurso estará asignado con eficacia (pues mi amigo no lo dejará en la estantería sin leer ni lo tirará). Además, el libro es muy pequeño, del tamaño apropiado para que quepa en un calcetín de Navidad.
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