Obama madura
lunes 14 de diciembre de 2009, 21:10h
El discurso de Obama en Oslo, aceptando el Premio Nobel de la Paz, no es uno más de los que, desde que presentó su candidatura, ha pronunciado el nuevo Presidente de los Estados Unidos. Obama hace, en general, buenos discursos, maneja con habilidad los argumentos y los dramatiza con maestría ante los diversos auditorios. Por supuesto, no faltan a veces los patinazos o las faltas de información histórica, como la relativa a la supuesta convivencia de cristianos y musulmanes en la España medieval, a la que dio cabida en su discurso de El Cairo. Pero lo cierto es que, hasta ahora, la correcta factura y realización de sus oraciones, sobre todo cuando ha abordado temas de política exterior, encajarían, con bastante comodidad en lo que suele denominarse buenismo: una ensalada de buenas intenciones, generosas apuestas por el diálogo y la negociación con cualquiera situado enfrente y una inacabada e inacabable sinfonía en torno a la paz como bien supremo y como máximo objetivo de la política internacional. Seguramente de ahí procede el hecho de que por estos andurriales hispanos no pocos se hayan empeñado en encontrar similitudes entre Obama y Zapatero. El citado discurso de El Cairo, por ejemplo, aunque más elaborado y con muchas más conexiones con la realidad del mundo actual, fue visto por el zapaterismo en clave de “alianza de las civilizaciones”. Y ese imaginado parentesco ideológico fue llevado al límite por una conocida dirigente del PSOE que nos advirtió de la conjunción planetaria que se produciría dentro de dos semanas cuando, mientras el americano cumpliría su primer año en la Casa Blanca, el español accedería a la semestral presidencia de la UE. Presidencia, todo hay que decirlo, menos resolutiva que la norteamericana, sobre todo después de la entrada en vigor del Tratado de Lisboa y de la designación de un Presidente del Consejo Europeo para dos años y medio.
Es de esperar –aunque en este país nuestro nunca se sabe- que después del discurso de Oslo no volverá nadie a intentar encontrar semejanzas entre dos políticos que, tanto por formación como por el sistema político en que se encuentran y se desenvuelven, se parecen tan poco como el castizo huevo a la no menos castiza castaña. En Oslo, Obama se ha desenganchado de cualquier atisbo de ese buenismo progre que constituye un signo de identidad de Zapatero, como muestra su conducta ante todas las cuestiones con las que tienen que enfrentarse él mismo y su fiel escudero exterior, el inefable Moratinos. No entramos en detalles: “Alakrana”, Gibraltar, Marruecos, Haidar, Honduras…etc. Unos días antes de Oslo, en West Point, Obama explicó su decisión de enviar 30.000 soldados más a Afganistán, aunque sembró alguna confusión cuando se refirió a un plazo de 18 meses, si bien posteriormente ha quedado más o menos aclarado que no se trata de salir corriendo en julio de 2011. Ha quedado, en suma, meridianamente diáfono que Obama no tiene ninguna proclividad a practicar una política exterior de “rendición preventiva” ante cualquier conflicto, como es la condición natural de ese especialista en espantadas (Irak, Kosovo) que es Zapatero. No estaría de más que en La Moncloa grabaran bien visiblemente una de las frases de Oslo: “La creencia de que la paz es deseable, raramente basta para alcanzarla”
En esa línea, Obama se ha revelado opuesto a todo asomo de pacifismo o apaciguamiento y para que no hubiera ninguna duda, después de rendir homenaje a Gandhi y Martin Luther King, ha añadido: “Pero yo no puedo guiarme solamente por sus ejemplos”. En los antípodas del buenismo subrayó: “Debemos empezar por reconocer la dura verdad de que no erradicaremos los conflictos violentos en nuestra etapa vital” y en un eco del discutido “imperio del mal” del republicano Reagan y del no menos vituperado “eje del mal” de su inmediato predecesor, el también republicano George W. Bush, proclamó que “el mal existe en el mundo” y “yo encaro al mundo tal y como es”. En un obligado recuerdo de la tragedia que vivió nuestra civilización en el siglo XX y de las conexiones de aquel drama con los retos actuales señaló que “Ni los ejércitos de Hitler habrían sido detenidos por un movimiento de no violencia, ni la negociación convencería a los dirigentes de Al Qaida para entregar sus armas”. Y yendo al fondo de la cuestión subrayó: “Afirmar que la fuerza es a veces necesaria no es una apelación al cinismo, sino una constatación histórica, el reconocimiento de las imperfecciones del hombre y de los límites de la razón”. ¿Se imagina alguien diciendo algo similar a Zapatero? Ciertamente, el de Oslo no es más que un discurso, pero pronunciado poco después de haber apostado por ir a por todas en Afganistán, recordando a la vez a quienes luchan por la libertad como la birmana Sang Suu Kyi, los demócratas de Zimbabwe o los manifestantes de Teherán (la lista podría haberse ampliado mucho más) es todo un compromiso de estar a la altura de los desafíos del mundo actual, sin perderse en disquisiciones sobre el soft power o sobre las excelencias del diálogo a toda costa.
|
Catedrático de la UCM
ALEJANDRO MUÑOZ-ALONSO es senador del Partido Popular
|
|