La agresión a Berlusconi radicaliza aún más la política italiana
miércoles 16 de diciembre de 2009, 21:48h
Dicen de Berlusconi que es una máquina de trabajo, un volcán que no se apaga desde las siete de la mañana hasta las dos de la madrugada. Un hombre extravagante, adicto a los cuidados físicos, trasplantes de cabello y sesiones de botox incluidos, que capea, uno tras otro, los graves temporales judiciales y sexuales con los que lleva bastante tiempo vinculado. En todo caso, uno de esos personajes excesivos que levanta odios o pasiones sin límite. O le odias o le amas porque poco espacio queda para los matices. Fuera de Italia siempre ha costado entender que, a pesar de todas las acusaciones que pesan sobre él y de su forma de ser que pretende ser chistosa y tantas veces cae en el ridículo, haya ganado tres elecciones democráticas y siga siendo un líder muy popular. Pero muchos italianos confiesan que poco les importa la imagen que fuera se tenga de su Primer Ministro y, mucho menos, las chicas con las que frecuente su lujosa villa de Cerdeña, mientras siga gestionando el país igual que si se tratara de una de sus multimillonarias empresas. De modo que le seguirán votando por los logros conseguidos hasta ahora, como la retirada de las basuras de Nápoles, la bajada de la criminalidad, el descenso de la inmigración ilegal o la gestión del terremoto de la región de Umbria, y también por los que esperan que seguirá trabajando, como sacar al país, con una tasa actual de paro que no llega al 9%, de la crisis económica mundial.
Pero como hablamos de excesos, también son muchos los que sienten hacia su persona un odio visceral que el pasado domingo se materializó en la imagen de su cara rota a manos de un loco, armado con una estatuilla del Duomo de Milán. Parecía que con la visión de un Berlusconi tan diferente, un señor de 73 años que sangraba y no parecía entender qué era lo que estaba pasando, a la gente más crispada le daría por hacer algo así como una especie de examen de conciencia y recular, dejando de lado las posturas tan extremistas en las que se habían posicionado. Los unos y los otros. Quienes le quieren y quienes desean con toda su alma que se marche muy lejos del gobierno de su país. Sin embargo, el resultado ha sido todo lo contrario. Mientras Berlusconi se recupera de sus heridas y declara que “el amor vence siempre sobre la envidia y el odio”, muchos de sus gobernados se han lanzado a una batalla virtual que, por lo menos de momento, sólo se libra en las redes sociales como Facebook, pero que, no por eso, resulta menos cruenta. Y aquellos que le odian han encontrado a su héroe en Massimo Tartaglia, un desequilibrado de 42 años que pasó por encima de la vigilancia de 20 guardaespaldas y empuñó la pesada y puntiaguda estatuilla, que ahora se vende como rosquillas, contra el rostro de Il Cavaliere. “Que lo hagan santo inmediatamente”, se lee, en referencia a Tartaglia, en alguno de los miles de mensajes que escriben sus nuevos y violentos tifosi en Internet.
De modo que después de una agresión física que, como todas, es el peor de los síntomas de una sociedad víctima de la radicalización, la mayoría de los italianos tienen que ver encima cómo demasiados compatriotas suyos justifican lo que sencillamente no tiene justificación. Sea contra quien sea y por la razón que sea. Si es cierto que sólo se trata de la acción de un pobre loco que llevaba diez años en tratamiento psiquiátrico, ¿no tendría que haber existido un apoyo sin fisuras contra la víctima y una condena unánime del atentado? Luca Ricolfi, sociólogo profesor de Análisis de Datos en la Universidad de Turín, se declara de izquierdas, pero está de acuerdo con lo que el entorno de Berlusconi venía advirtiendo en relación a los medios de comunicación contrarios al actual primer ministro: publican sólo las informaciones contra Berlusconi, incluso las más dudosas, y esconden, en cambio, todas las que son, muchas o pocas, a su favor.
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Escritora
ALICIA HUERTA es escritora, abogado y pintora
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